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Quo vadis ejemplaridad?

NO, NO se preocupen, no voy a escribir ni ustedes leer de curriculums, de inflamiento o no, en todo caso intranscendente, de titulaciones, licenciaturas, doctorados, cursos, seminarios, medallas y otras virtudes menores. Es claro que hoy en la España acrisolada por el vacío deliberado, las virtudes no venden. En este país solaz y solariego, al adversario se le fustiga, se le denigra, se le mancilla y luego, luego, …, quién sabe, ya a nadie importa. Solo es pasado. Efímero, fugaz, pasajero siempre.

Tras la polvareda vendrá la calma o quizás el silencio. Algo patrio. Se grita, pero a la hora de la verdad, el vociferío es una mera distracción y en breve deja de ser noticiable. La mujer del César además ha de parecerlo, dentro y fuera de las fiestas Bona Dea, cuando el general Publio Clodio se enamoró de la mujer de César, Pompeya Sila. Son las formas, son los hechos, son los silencios y la sospecha de que algo no se ha hecho bien, o no se debió consentir, o no haber aceptado privilegiarse y reírse de todos. Tal es el ruido mediático y las parcas, contradictorias y simplistas justificaciones que suena a excusa. Nunca tuvo que haberse producido de esa forma. Hecho, el escándalo, mayúsculo. Carnaza política. Pero ahora adjetiven ustedes todo lo que quieren y aplíquenlo a cualquier situación que conozcan, hayan conocido o sin duda, conocerán. No hemos cambiado. No se preocupen.

Los ejemplos de ser humano y comportamiento tampoco han cambiado mucho. Las conductas se tergiversan. Los clichés se falsean. Demasiada hojarasca en la sociedad. Pensamiento acrítico. Hemos vivido de lleno una crisis que no solo ha sido económica, lo ha sido también social, axiológica o de valores. Lo ha sido familiar. Nos ha faltado confianza. Pero aquí estamos. Devaluados los valores hasta la enésima parte, la sociedad debe preguntarse por el rumbo que ha tomado y si de verdad vale la pena. Debemos cambiar. Cambiar el paso, el criterio, preocuparnos de lo público, no solo de lo privado y particular. Somos seres para la sociabilidad no para el ostracismo silente de una individual negadora del otro. Frente a la crisis, confianza. Frente a la corrupción, credibilidad. Frente al catastrofismo, convicción. Pero junto a ello, por encima de ello, liderazgo y ejemplaridad. Realidad y realismo, frente a optimismos de barro. Objetividad frente a estériles pesimismos, vacuos y enfermizos de un carácter y forma de ser terriblemente resignada y aherrojada de pasividad y conformismo derrotista. Dosis de verdad, trazos y retazos de sensatez y sentido común. El que ha faltado. El que ha estado ausente. Pasemos página a tanta hojarasca. A tanta mediocridad, a tanta mentira Huérfanos de referentes. Apenas sin valores. Todo parece que vale, no hay límites. Nadie quiere que los haya. Se confunde libertad con libertinaje. Frente a la crisis, confianza. Frente a la corrupción, credibilidad. Educación con adoctrinamiento. Y la pluralidad del diálogo con la ideología excluyente y sectaria. Hace mucho que los políticos y personajes públicos ya no hablan de regeneración. Quizás la palabra más hipócritamente utilizada en los últimos años y en la que menos se ha creído. Regeneración y modernidad. Un tiempo se entierra definitivamente. Hay prisa por inhumarlo sin saber demasiado bien lo que viene y hacia dónde vamos. El príncipe de Salino quiere cambiar. Lampedussa espera. Definitivamente. Los cosas cambian, pero la realidad perceptible todavía está distante. El ciclo ha cambiado, pero las consecuencias no llegan para cientos de miles de familias. Se usan cifras ciertas, pero sesgada una parte de la realidad, dado que hay otra que todavía arroja datos y cifras dramáticos. No hay más ciego que el que ve y no quiere ver.

El ciudadano se ha cansado de tanta mediocridad y mentira. Cuestión distinta es saber si será capaz de extraer las consecuencias. Búsqueda incesante de la ejemplaridad. La que nunca debimos perder y sin embargo mancillamos, ocultamos y ultrajamos. Hoy somos más conscientes que ayer. Faltó valentía. Arrojo y confianza, pero sobre todo, liderazgo.

Hoy el ciudadano es consciente de donde está y donde están los demás. Del puesto y posición de cada uno. De lo que es lo público y la política. Lo privado y lo particular. Hoy quiere ejemplaridad. La propia y la ajena. Tiene derecho a ello. Solo así sobrevive una sociedad. Si es capaz de creer en sí misma.

Ejemplaridad y honestidad deberían, junto a la idoneidad de la persona y su perfil profesional, ser elementos clave en todo nombramiento, en toda designación, en todo puesto a cubrir y desempeñar. El no ser cuestionado ni tener mácula alguna de tacha inmoral es un paso y un activo. Pero subyace algo moral. Algo donde la ética política, cancerígena en nuestro comportamiento en este ruedo ibérico anémico en conciencia, debería empezar a imperar. Lamentablemente en demasiadas ocasiones gana el caciquismo, el servilismo, los servicios prestados, los silencios, las familiaridades, las prebendas y los pasivos, los debes que hay o existen. Se podrán tener méritos, pero han de ser incuestionables las tachas morales, éticas, profesionales. Hay que serlo y parecerlo, como Publio Clodio y Pompeya Sila.

Quo vadis ejemplaridad?
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