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La gran erosión

La fortaleza de una democracia también se mide por el grado de respeto y credibilidad de sus instituciones. No queda apenas una en este país, miren en derredor, que no haya sido cuestionada, erosionada y debilitada, pero además deliberada y conscientemente. Voladuras descontroladas que desafectan y ridiculizan. Cuando en los albores del estado democrático y constituyente, éstos y los partidos sabían y eran conscientes, sin duda, que el verdadero fortalecimiento del estado y sus raíces era solo de una manera, no politizar ni instituciones, ni cuerpos funcionariales ni puestos. No lo hicieron. Primero, pacificaron el tema sindical. Luego cortaron el crecimiento profesional de los funcionarios hasta un determinado nivel, a partir del cuál solo entrarían políticos o personas afines. Así nos va cuarenta años después. Siquiera, de reojo, y con cierta vergüenza, miren al ejemplo francés y sobre todo la gran reforma que está llevando a cabo Italia, sí, el país trasalpino, donde desde abajo a arriba los funcionarios gestionan, diseñan, trazan y ejecutan o implementan políticas públicas y copan los altos puestos de todas las instituciones. Qué diferencia entre quiénes presiden algunas de aquellas instituciones y las nuestras. Algo más que un mero curriculum o un dedazo político y partidista. No son perfectos, sí perfectibles. No digamos de los enarcas franceses, aunque algunos pensarán que, de facto, bendigo los elitismos, se equivocaría, solo la cultura, el mérito, la preparación y el esfuerzo desde la honestidad y el tesón, el sacrificio y la rectitud nos llevan al éxito. Aunque cada cuál mide, medirá el éxito y su valor como introspectivamente quiera y desea o esté dispuesto.

No permitamos la erosión ni la debilidad y desconfianza en nuestras instituciones. Menos su uso vicario o partidista por ideologías políticas o intentos de control y monitoreo. Instituciones independientes, alejadas de toda veleidad política y afección ideológico. Servicio e interés público, al estado en todas sus dimensiones y arenas, desde lo local a lo estatal y comunitario. Flaco favor a países donde el clientelismo, el dedismo, la recomendación, el tráfico de influencias, el nepotismo, la prevaricación, el cohecho, son y están y cuesta erradicar y extirpar.

No queremos decir ni siquiera pretender insinuarlo que todo esté erosionado. Pero no basta con resistir, es necesario regenerar, reconstruir, refutar ad intra la situación actual y contrastarla con lo que debe ser. El nuevo desarrollo tecnológico y los funcional es una de las grandes palancas que puede mover e impulsar un cambio de mentalidad, actitud, y dirección desde las instancias de gobierno. Es necesaria la gran reforma de la función pública y con ella de una despolitización en las áreas de gestión y decisión. Es cierto que quizá en 1978 no todo se podía hacer al mismo tiempo, pero sí se supeditaron conscientemente muchas necesidades. El tiempo solo ha demostrado y arrojado un veredicto tan cruel como categórico. Racionalicemos la vida política, la vida administrativa y dejemos de confundir áreas y espacios. Hace mucho que EE.UU. desterró el spoils system, o sistema de despojos, y eso se hace modernizando y profesionalizando absolutamente la administración sin personalismo, ideologías y facturas políticas. ¿Saben ustedes lo que sucederá en las próximas décadas? Probablemente lo de siempre, nada cambiará. Porque saben que no quieren que cambie nada. Hace falta mucha valentía y arrojo amén de pedagogía y decisión.

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