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Excesos de triunfalismo

A lo mejor mostramos indiferencia y les dejamos seguir siendo los reyes de taifas perennes en sus atalayas y nichos de poder

NADA MÁS letal en política que la vacuidad del discurso aun revestido de tono solemne, dado que en este desmadejado y acrítico país, funciona. Vaya que si funciona. El televisivo presidente del gobierno al frente de una coalición sin argamasa alguna salvo intereses comunes y de permanencia en el poder, ha sido triunfalista, diletante, atronador en datos. Excesivamente ufano, sonriente para la pose y anunciando que hay gobierno para tiempo, mientras sus ministros y él mismo son vituperados una y otra vez en cada comparecencia pública. Este ha sido un año terrible. Trágico. Donde una vez más no han sabido estar a la altura del momento quiénes nos gobiernan. Todos han ido muy tarde, huyendo de la asunción de obligaciones y, finalmente, de responsabilidades. Se ha ido a remolque. Imperdonable al menos en la segunda de las olas. Indómitos los ciudadanos en parte, el resto, no es achacable a nosotros. Pero mal de muchos consuelo de tontos. Nada que decir de quiénes huyen u han orquestado entre bambalinas artificiales y poco creíbles cortafuegos.

Comparece Sánchez y nos habla de blindar y una nueva ley sobre la Corona. Pero nada de concretar. Jamás se concreta, se determina, se define. Es el sino amargo de quiénes detentan, ostentan, el poder sabiendo como saben lo efímero de cargos y prebendas antes de que los consejos de administración de cotizadas ofrezcan cargos y puestos. El problema de España no es, repito, no es la Corona. Pese a los episodios del emérito y de todos aquéllos a quiénes abrió puertas y negocios presumiblemente amén de sus cuentas en paraísos o testaferros. Estos todos callan. También los que presuntamente pagaban esas comisiones. Quién es el culpable en suma o quiénes es un interrogante que nos hurtan en un espeso manto de silencio al tiempo que solo se escriben y firmen misivas recordándonos todo lo que hizo en la transición. Aunque aquí olvidamos a muchos políticos de diverso signo y, sobre todo, el verdadero protagonista, el pueblo español. Pero esta es otra historia.

La vanidad es mala consejera. Pero el descaro sin sonrojo alguno, es altivez, soberbia, vaciedad y falacia. Conviene que no lo olviden nuestros prebostes de lo público.

Un año no para olvidar pero sí para pasar, dejar a un lado, ahuyentar cuanto antes. Solo la esperanza de que 2021 no puede ser peor, da hálitos de esperanza.

No está mejor el barrio de la oposición o la que debería ser la oposición y su liderazgo. A Casado de nuevo se le viene muy pero que muy largo el puesto y posición. Dos años y medio y solo quejas, nunca una idea propia, nunca una iniciativa. Solo catastrofismo. Y probablemente ningún otro gobierno en la democracia se lo había puesto tan fácil a la oposición. Ni siquiera el de Zapatero. Siempre a remolque, mendigando cualquier foto o cualquier canutazo para un telediario sea de lo que sea y cualquier escenario, todo vale. Pero pesan más sus todavía Almeidas, Ayusos (ahora quizás sí la empieza a ver como rival en ascenso, no tampoco por su gestión eficiente pero sí por su enérgica confrontación con el gobierno de Moncloa, de ahí que la torpedeen para presidir en Madrid región su partido), Feijóo, Mañueco o Moreno. Estos al menos han hecho cosas, se han movido, han opinado y, sobre todo, han gestionado. Casado jamás ha gestionado nada propio y menos de gobierno siquiera una concejalía. Eso sí, cunero por Ávila pero poco más. Todo a dedo. Estaba en el momento exacto cuando las dos divas se estrellaron entre sí para acabar en grandes despachos de abogados. Lo de menos era en ese momento la pericia, profesionalidad y conocimiento real.

Vox es agua de un tiempo, populismo puro y duro, sin ideas creíbles y menos eficientes, pero ahí están, y pese a esa ruptura mediática y política en el Congreso tras la absurda moción de censura entre las dos derechas, nada de nada. Ciudadanos sigue con su travesía, han demostrado, los únicos, más altura y cintura, sobre todo cuando el abogado del Estado Valls ha estado liderando el partido en ausencia de Arrimadas y han desarbolado los argumentos de Moncloa y Ferraz.

Malos tiempos para la mala política, la escasa ética y la incierta seguridad jurídica. Hoy al menos, ya todos confiamos en lo salvífico de unas vacunas y, mañana tal vez, volteemos la mirada hacia la política, o, para regocijo de los políticos, a lo mejor mostramos indiferencia y les dejamos seguir siendo los reyes de taifas perennes en sus atalayas y nichos de poder.

Excesos de triunfalismo
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