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Mirar sin ver

Uno transita por su existencia y, con frecuencia, no repara en el sentido de sus actos ni el significado oculto de las cosas

NO SIEMPRE el que mira, ve. Ni el que está, vive. Es necesario poner voluntad, empeño, consciencia. Y es más fácil dejarse llevar. Uno transita por su existencia y, con frecuencia, no repara en el sentido de sus actos ni en el significado oculto de las cosas. No ve la realidad en todas sus dimensiones. Asume su rol, e imita aquellos comportamientos que le parece pueden reportarle mayor beneficio y/o reconocimiento social. Siempre ha sido así. Repetimos las conductas de aquellos que la sociedad considera líderes sociales, y confiamos en sus dictámenes y diagnósticos: «lo ha dicho el alcalde» o «lo ha dicho el médico» son argumentos de autoridad y fiabilidad. Incluso «lo ha dicho la radio», «lo vi en internet». A casi nadie le gusta disentir de la mayoría. Y con razón.

Muchos a lo largo de la historia, han pagado con su libertad (o con su vida) la osadía de ejercer el derecho a la discrepancia. Pero, autoridades, médicos, comentaristas o escritores son humanos, como nosotros, y no siempre atesoran la formación precisa ni gozan de la independencia de juicio necesaria. Por eso es importante saber mirar, ver, sin fiarse de las apariencias y aprender a oír, escuchar, soslayando el ruido.

Porque, a veces, como en la fábula de Andersen, el Rey no va vestido; ni el canto del gallo anuncia la mañana. Tampoco el discrepante o antagonista es poseedor exclusivo de la verdad ni de la certidumbre.

El ser humano es complejo y vive dos realidades: la tangible y la imaginada. Tanto es así, que un ermitaño puede sentirse libre y soberano, mientras que un multimillonario recurre al psicólogo o al suicidio para «liberarse de sus ataduras». Contradictorio, sí; pero es que la vida puede abordarse desde tantas perspectivas como humanos coexisten. Y todas ellas subjetivas y difícilmente transferibles. Porque la realidad objetiva no existe, siempre se ve enturbiada por nuestra educación y nuestros prejuicios.

Sin embargo, por la vida circulan, y con éxito público constatable, predicadores, memos, mandarines y engolados que a duras penas saben administrar su existencia, pero que se ofrecen con un desparpajo insultante para entrometerse y solucionar la vida de los demás.

Confiamos en la sabiduría y ponderación de las clases dominantes. Y algo debe de fallar"

Sin ir más lejos, estas líneas caen en la misma impostura. También pretenden señalar caminos o exponer reflexiones sobre temas que a mí me preocupan pero que dudo contribuyan a mitigar el desasosiego de los demás; en el caso de que lo padezcan, porque lo normal (y conveniente) es no cuestionar el Sistema. Ni la Ley. Ni las Costumbres.

Confiamos en la sabiduría y ponderación de las clases dominantes. Y algo debe de fallar, porque cuando acontece una revolución y los cambios son radicales, los nuevos dirigentes imponen valores y comportamientos antes repudiados: capitalismo versus comunismo, ateísmo frente a religiosidad, corrupción contra honradez. Y la gente acepta y sigue la nueva preceptiva. Irremediablemente estamos condicionados y atrapados por la época y la región en que nos toque vivir y somos cautivos del gobernante de turno. La mayoría de la población asume con naturalidad tal circunstancia, y son muy pocos los que cuestionan las normas y reglas sociales por las que nos gobernamos.

Ahora debemos lidiar con una nefasta pandemia. No es la primera vez, ni será la última. La ciudadanía exige soluciones (que no hay) y las autoridades improvisan ocurrencias y cataplasmas para dar la sensación de eficacia y celeridad que mitigue la inquietud de la población. Mal educada. Se nos instruyó en la creencia de la efectividad gubernamental y de la infalibilidad de la ciencia. Y ni una apreciación ni la otra son ciertas.

Plagas y calamidades son consustanciales a la vida, al igual que la Tierra atraviesa por distintas épocas o eras"

Lo que sí es cierto, al menos para los que nos sentimos liberales, es el insoportable intervencionismo estatal en aspectos de nuestras vidas que deberían competer al libre albedrío de cada uno. Y es una desgracia.

Plagas y calamidades son consustanciales a la vida, al igual que la Tierra atraviesa por distintas épocas o eras en donde el clima y las especies dominantes varían. Ocurrió, ocurre y ocurrirá. Lo novedoso es el retroceso de las libertades que, amparados en el posible contagio o en el inevitable cambio climático, administran los gobernantes sin un criterio claro ni una estrategia definida. Nadie ha podido vencer ni dominar las fuerzas telúricas de la naturaleza. Nadie podrá desentrañar el sentido último del universo. Por eso, el miedo nos atenaza y la superstición (también denominada religión en ambientes civilizados) nos consuela. Gobernantes y clérigos aprovechan nuestra candidez y credulidad para arrebatarnos lo único que de verdad nos pertenece: la vida en libertad. No deberíamos permitirlo.

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