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Reflexión

LA CAMPAÑA DE COTA

HAY EN MI vecindario una señora que se pasa la vida reflexionando. La dejan en la terraza de un bar y allí se queda dos, tres o cuatro horas mientras sus familiares van a hacer recados. La anciana bebe un café tras otro y reflexiona la tarde entera. Nunca pide un periódico ni saca un libro ni lleva dispositivos electrónicos para entretenerse. No suele mirar a la gente que pasa por la calle y no levanta la vista ni cuando pasa por delante un camión de bomberos con la sirena puesta.

Las primeras veces que la vi pensé que la buena señora sufría una demencia, o algo. No era capaz yo de concebir que alguien pudiera pasar horas y horas reflexionando. Yo nunca he sido capaz de reflexionar más de cinco minutos al día, y nunca seguidos. De tanto verla, que yo a esa terraza es a la que más voy, acabé convencido de que no, que la señora es la persona más lúcida del barrio.

La gente no suele reflexionar. La reflexión, además de aburrida suele ser una inutilidad. Usted reflexiona sobre un tema, el que sea, y concluya lo que concluya, si es que logra sacar del ejercicio una conclusión, no le sirve para nada. Los extraterrestres, por poner un ejemplo. Abra usted un periodo de reflexión y piense en ellos. Comprobará al acabar que nada ha cambiado, ni en cuanto a los extraterrestres ni en cuanto a nada. Reflexionar es cosa de filósofos, que son gente interesante pero si mañana mueren todos al reventar un volcán bajo el palacio de congresos en el que celebran su convención anual, tampoco se acabará el mundo.

Nadie, salvo mi vecina, dedica la jornada de reflexión a reflexionar. No sé a quién se le ocurrió ese nombre. Jornada de reflexión. Hágame un favor: repítalo aunque sea mentalmente pero con mucha seriedad: "Jornada de reflexión". No me negará que parece una cosa interesante, hasta profunda. Piense lo que puede dar de sí una reflexión concebida por usted tras un día de trabajo. No se engañe, ya le digo yo que sería un ejercicio improductivo.

Pero no, nadie reflexiona y será por algo. Si realmente todos dedicáramos una jornada a reflexionar de vez en cuando, todo dejaría de funcionar. Imagínese que va usted a una hamburguesería y su pedido no sale porque el de la plancha está reflexionando. Cuando alguien reflexiona, lo sé de tanto observar a mi vecina, no hace ninguna otra cosa. Reflexionar no es algo que se pueda compaginar con otra actividad. Requiere una total dedicación. Yo veo a la señora reflexionar mucho, que un día pensará que estoy enamorado, y solamente interrumpe sus pensamientos para dar un sorbo a su café y vuelve a reflexionar con tal intensidad que si un día se estrella un autobús contra su mesa será la última en enterarse.

Si a estas alturas no ha decidido su voto, ni se moleste. Tiene usted más peligro con una papeleta en la mano que un lobo entre un grupo de cervatillos. Es usted un riesgo para la sociedad. Todos y todas las que necesitan reflexionar su voto a día de hoy tendrían que pasar la jornada electoral en una jaula. Si después de cuatro campañas no sabe qué hará mañana no pasa nada. No todos hemos nacido para intervenir en nuestro destino y se lo digo yo, que me pasa como a usted. Hay gente poco reflexiva, ya está. Servimos para otras cosas, pero no para reflexionar y menos si lo hemos dejado para el último día. Somos los que elegimos la papeleta con el logo más llamativo o acabamos votando al más guapo.

Ayer, en la consabida terraza, en una mesa cercana otros vecinos hablaban del voto útil. Intentaban montar una estrategia formidable para dar un vuelco al resultado con sus dos votos. "Si votamos a este favorecemos a tal otro, y eso no es bueno". Reflexionaban en voz alta y a dúo mientras consultaban las encuestas en su móvil. "A estos no, que es tirar el voto", decían y repasaban la lista partido a partido. ¿De verdad esa gente necesita votar? ¡No hace falta! Si para eso sirve la reflexión, para decidir un voto aleatorio en el último minuto, sería cosa de prohibir esta jornada.

Me fío más de los que votan a conciencia, de los que saben qué van a votar cuatro meses antes de que se convoquen elecciones, de los que, sea por motivos ideológicos o pragmáticos, tienen una postura que no va a cambiar un día antes de ir al colegio.

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