Opinión

Un indigente más

Me dirigía a la oficina minutos antes de las ocho de la mañana. Paseé por las mismas calles y me crucé con las mismas personas. Un trayecto que repito desde hace más de siete años. Pasé por la destartalada estación de autobuses. Vieja y fea, pero, pese a todo, lugar de reunión de tres indigentes, con los que estaba familiarizado. Siempre estaban en la estación amarrados a sus cartones de vino.

Era un martes laborable. Había amanecido luminoso. ¿La luminosidad está dentro o fuera de nosotros? La claridad, la temperatura, la estación del año… todo invitaba a la esperanza y al optimismo. Me sentía pletórico.

Llegué a la oficina y trabajé como siempre. Nada distinto, nada especial o extraño. Me comporté como en un día cualquiera. Solo una salvedad: consultaba el reloj de mi móvil de forma compulsiva. Saldría cinco minutos antes de las tres. En la hora del café me acerqué a mi casa. En una mochila metí dos mudas, un pijama y mi bolsa de aseo.

De vuelta a la oficina, volví a mirar una y otra vez la hora.

Faltaban ocho minutos para las tres cuando me despedí de mis compañeros: —Hasta mañana, les dije con disimulo. ¿Con fingimiento? ¿Con hipocresía? Solo yo creía saber la respuesta, pero ni siquiera yo conocía el alcance de mis palabras. 

Me dirigí a la estación de autobuses. Iba tan contento que levitaba. Apenas ponía los pies en el suelo. El billete que había comprado un mes antes con dirección a Benidorm salía a las 15:15. No podía perderlo. Los latidos de mi corazón podían oírse a distancia. Estaba nervioso e impaciente.

Y, llegué. Vi a mis conocidos borrachines, aquellos a los que nunca más volvería a ver. La vieja estación estaba cerrada, acordonada. No había autobuses. Asomado sobre las cintas de plástico se adivinaban unas manchas y unos individuos vestidos de blanco que observaban y estudiaban la zona. Al preguntarles qué había pasado, me invitaron a salir en tono irritado: —La estación está cerrada. Salga, por favor. ¡No ha visto que está prohibido el paso!

No había nadie más. 

Salí y pregunté a los borrachos. Entonces me di cuenta de que jamás había intercambiado una palabra con ellos. Estaban en la entrada: —Hola, buenas tardes. ¿Saben qué ha ocurrido? De los tres que estaban, dos ni me miraron. El tercero levantó la vista displicentemente, persiguió con su mirada el brik, lo tomó y chupando le dio un sorbo. Solo entonces, aclarándose la voz escupió en el suelo y dijo con una voz que dejaba a las claras su estado de embriaguez: —Ha habido un tiroteo. La estación estaba llena de gente. Una tía muy elegante, alta, morena y delgada, con un enorme sombrero negro entró en la estación.

Volvió a beber. Ante la mirada impasible de sus acompañantes, prosiguió: —Mientras los pasajeros esperaban para subir al autobús, la mujer del sombrero sacó una pistola y disparó a bocajarro contra otra tía rubia que estaba en el andén que estaba esperando a alguien. Nosotros la habíamos visto. Paseaba sin parar mirando el reloj. 

—Y entonces ¿qué pasó?, indagué angustiado. —Llamaron a la policía. Detuvieron a la del sombrero elegante. Llegó una ambulancia y dijeron que la rubia estaba muerta. 

—¡Nooo!, grité. ¡No puede ser! Corrí conmocionado. ¡No puede ser! ¡No, por favor! 

Llamé por teléfono a Celia. No lo cogía. Insistí. No hubo respuesta. Desesperado, entré en los baños públicos de la estación. Estaba el hombre de consigna, y le pregunté: —¿Qué ha sucedido?, dígamelo por favor. Repitió la misma historia que me habían contado. 

En ese momento supe lo que había pasado. La descripción de las mujeres no dejaba lugar a dudas. Turbado y desconcertado pensé: —¿Qué he hecho? ¿He sido yo el detonante de la muerte de la mujer que amaba?

No le había dicho nada a mi mujer. Ni siquiera le dije que me iba. Ruth siempre había sido muy celosa y desconfiada. De novios me hacía gracia. Engrandecía mi ego. Después, sus constantes celos me atormentaban. No me dejaba en paz, ni me permitía vivir. Mi vida había estado sembrada de segundas intenciones. Siempre, según ella, intentaba engañarla.

Si le hubiera dicho lo que ahora me había sucedido me hubiera montado una escena. Su vida hubiera sido un drama. Hubiera intentado disuadirme... 

Hace meses conocí a Celia. Me enamoré perdidamente de esa rubia encantadora. Enloquecí. Sabía que si Ruth se enteraba se vengaría. Mi actuación ha acabado con la vida de dos mujeres. A una, la quise y a la otra, la quería con locura. Nos íbamos a ir, nos fugaríamos en secreto poniendo tierra por medio. 

Salí de la estación. El beodo que me habló repetía: —Se llevaron a las dos mujeres, y nos echaron. ¡Nunca pasa nada en esta estación! ¡Nunca pasa nada!

Me senté en el mismo banco en el que estaban. Estaba en shock. La noche anterior había discutido con mi mujer. Debió sospechar algo. Pudo matarme a mí, pero prefirió hacerme más daño, y ha matado a mi amante. 

Pulverizado, no tenía fuerza para levantarme del banco. Nunca me movería de allí. 

Y así fue como conocí a quienes serían mis más fieles e inseparables compañeros de viaje en lo que me quedaba de vida. 

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