Opinión

Ella existe

Las montañas se habían teñido de blanco. Y todavía faltaban dos días para que el verano llegase a su fin. 

El sol se colaba entre las pequeñas rendijas de la persiana de su habitación, mientras él esperaba inquieto el sonido del despertador, del que ya no se acordaba tras dos años desde su merecida jubilación. 

Nervioso y emocionado saltó de la cama. Iba a casarse con 72 años. Su hija había dormido en su casa para prepararse juntos para la ocasión. Una cena interrumpida con confidencias continuas a la niña de sus ojos había terminado tras obligarse a ir a la cama. 

Sabían que los nervios les impedirían dormir. Su niña no recordaba verle tan dichoso, desbordante y feliz como ahora. 

Con el pijama todavía puesto y con un café entre las manos, cogió su móvil y la llamó por teléfono. Quería saber si ella, más templada, había conseguido dormir algo. Sin que transcurrieran dos tonos, ella respondía. Sus hijos también habían ido a acompañarla. Estaba radiante, nerviosa y tan feliz y emocionada como él. 

En tres horas se verían en la ermita de San Lorenzo en Piornedo, rodeados de las altas cumbres de los Ancares. 

La velocidad de los acontecimientos entre ellos había sorprendido a sus respectivos e incrédulos hijos que, reaccionaron con agrado ante los desbordantes y auténticos sentimientos de sus padres. 

Él acudía con su hija y madrina y esperaba ansioso su llegada a los pies del altar. La pequeña capilla estaba repleta de flores blancas. Él las había recogido por la mañana para que su fragancia embriagadora le diera la bienvenida. Entró emocionada del brazo de su hijo y tras percibir el intenso perfume, le vio a él, resplandeciente y nervioso, y las primeras lágrimas discurrieron por sus mejillas. Se sentía inmensamente feliz. 

La íntima y entrañable ceremonia hizo que alguna lágrima más corriera por el rostro de la novia... Tras sellar sus promesas de amor salieron. Era mediodía. 

La comida con la familia al completo fue entrañable y divertida. Degustaron y disfrutaron los ricos manjares de la tierra. No faltó el cocido y el arroz con leche, comida favorita de él. Los felices novios obsequiaron a todos sus hijos con regalos que habían elegido con inmenso cariño y dedicación en los días precedentes. Cantaron y rieron hasta entrada la noche. 

Los novios se retiraron a la casa O’Crego a la habitación que habían reservado.

Al fin se encontraban frente a frente, reuniendo el deseo, emoción y pasión acumulados tras un dilatado y prolongado tiempo. 

Sus cuerpos desnudos, todavía esbeltos, permitían adivinar, sin esfuerzo, el largo paso de los años vividos. 

Las ropas que, con tanto esmero, detalle y denuedo habían sido elegidas para la ocasión, cubrían el suelo de forma desordenada. En el otro extremo de la habitación se encontraban dos copas de vino sin terminar y una botella mediada.

Sus cuerpos temblorosos, se comportaban como si fuera la primera vez; como si nunca hubieran sido acariciados, agasajados y besados, fundiéndose apasionadamente en un abrazo sin reservas. El calor y la fogosidad de sus cuerpos contrastaba con el frío paisaje nevado de las montañas iluminado con la brillante luna rojiza que se alzaba en el cielo estrellado.

Los gritos jadeantes se acompasaban con el crepitar de los maderos nobles que ardían en la chimenea, ignorando los esfuerzos de Édith Piaf por hacerse oír acompañando con su letra el ardiente, tierno, ilusionado y ardoroso amor que se prodigaban. Él la arrastró hacia la cama...

El despertador sonó con el tono chirriante y escandaloso de siempre, devolviéndole a la realidad. Como sucedía desde hacía más de treinta años, la alarma le despertaba. Eran las 7:20. Tenía el tiempo justo para tomar un café, una ducha y, enfundado en un traje, acudir a la Delegación de Hacienda. Sobre su mesa se acumulaban decenas de declaraciones de las sociedades y empresas de la provincia.

En la calle, camino del trabajo, pensó: —Ahora lo sé. Ella es real. ¡Existe! No descansaré hasta encontrarla.

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