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Si preguntaron, no hicieron ningún caso

CUENTA LA leyenda que hay transportistas que ya descartan directamente utilizar la autovía en O Fiouco. Son los más veteranos. Los que van y vienen a menudo y saben que los kilómetros previos engañan: es muy posible que en treinta segundos todo se cubra de una niebla espesa y entonces todo se vuelva muy peligroso.

Pasa con frecuencia, porque O Fiouco es un lugar excelente para saber qué son los jirones de niebla. Vas circulando a 100 kilómetros por hora y de repente todo se vuelve blanco, una atmósfera lechosa e inquietante ante la que el conductor busca con afán unos catadióptricos que le precedan para ir tras ese vehículo. Luego pasan otros cien metros y la visibilidad es perfecta. Todo despejado.

Un nuevo acelerón y otra vez lo mismo.

Las cámaras que instaló la DGT detectan esto perfectamente, pero todavía está sin afinar la cuestión de cuándo se cierra la A-8 y se desvía el tráfico por la N-634. Es evidente que lo hacen cuando no hay más remedio, pero ese es el gran problema de O Fiouco, que hay muchos términos medios.

Por supuesto, todo esto se sabía desde siempre, o al menos la gente que vivía en ese entorno lo sabía. ¿Alguien les preguntó? Si lo hicieron, nadie les escuchó.

Otra leyenda dice que los ingenieros son gente a la que le disgusta recibir lecciones de gente que no tiene más conocimiento que la práctica del día a día, de la simple observación. Sin horas y horas de matemáticas aplicadas. Puede ser. Es casi seguro que aquí se mezcló un poco de todo: algo de soberbia intelectual y mucho de precipitación política. Cuando la autovía se desvió de la costa para enviarla a Vilalba y Baamonde enseguida se vio que había que salvar un problema importante: ese problema se llamaba O Fiouco. Quien fuese que tuviese que explicarlo a los que toman las decisiones, es evidente que nunca lo hizo bien.

Y ahora lo estamos pagando todos.

Si preguntaron, no hicieron ningún caso
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