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Daño colateral de la maldad

DE PEQUEÑO me dio clase una monja malísima. Me encantaría poner su nombre, pero me dijeron que todavía anda revoloteando por Lugo capital. Una vez en clase de religión nos confesó su incredulidad ante la parábola del camello y el ojo de la aguja albergando serias dudas sobre su literalidad. Más bien, nos ilustró, se refería a un paso muy estrecho entre dos casas del Jerusalén de la época por el que se decía que ni un camello podía cruzar.

Tenía once años cuando escuché aquello y me pareció un conocimiento asombroso del diseño urbanístico de una ciudad de hacía 2.000 años. Fue la única puntualización que le vi hacer a la Biblia en los interminables años que la tuve delante. Pero fue más que suficiente. Nunca más volví a creerme nada de lo que nos contaba ella ni, de paso, de lo que salía en la Biblia en general. Yo no podía estar en el mismo bando que aquel mal bicho bajo ningún concepto.

Aquel día de 1982 empezó el siglo XXI. Podría decirse que bloqueé a la monja. Ella sola creó una legión de infieles tan compacta que da de sobra para un grupo de Whatsapp. Me mosqueaba lo que venía en la Biblia del mismo modo que sospechas que a la Wikipedia siempre le falta algo. Cada vez que alguien le replicaba, que era muy a menudo, podría decirse que le daban un zasca y la montura de sus gafas a lo oficial de la Gestapo lo petaría en Instagram. No miré, pero lo mismo las vende en Wallapop.

Gracias, sor, su maldad tan pura me animó a distinguir varios grados de bondad que creí extinguidos en 1999.

Daño colateral de la maldad
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