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Paseos amargos en la línea de banda

Los jugadores, desolados. XESÚS PONTE
Los jugadores, desolados. XESÚS PONTE

SER ENTRENADOR no debe ser fácil. Hay que tener la cabeza con un revestimiento de plomo, que proteja de las derrotas, de la crítica constante y del resultadismo dominador en el fútbol actual. No debe ser fácil situarse en la banda, a pecho descubierto, solo en un área técnica delimitada como una jaula. No debe ser fácil tomar decisiones, programar los cambios, ver que lo construido durante siete o más días de trabajo se desmorona en un instante sin que puedas participar más allá de los cambios o los gritos.

Porque el técnico suele estar siempre solo. A veces con la ayuda del auxiliar, que puede dar un consejo o alguna indicación, pero sin el responsabilidad del gran cargo, el que todo lo absorbe y el que centra las críticas de la grada, los medios, los jugadores y los directivos.

Este sábado Javi López estuvo solo en el costado. Disfrutó cómo su plan germinó durante los primeros 45 minutos, contempló cómo el Lugo miró a la cara a un Málaga que había jugado Champions League pocos años antes de comparecer en el Ángel Carro para darse de bruces con la realidad.

El plan de Javi López lució hasta el descanso, trató de regarlo cuando corrió el riesgo de marchitarse por el empuje del Málaga y se resignó a ver cómo la planta se moría poco antes de que llegase el frío de la noche, a un palmo de la gloria.

Ahí fue donde Javi López estuvo más solo, cuando hubo de asumir una derrota un tanto inexplicable, con la pegada de los grandes como explicación y el fútbol como deporte injusto, donde no siempre el que gana es el que lo merece.

No cambió mucho su lenguaje corporal. No parece un técnico de aspavientos el catalán. No es de los que gesticulan desde el minuto uno, de los que animan al público y se quejan con vehemencia como Francisco Rodríguez. No es tampoco los que caminan y tienen arreones de instrucciones a viva voz, como un Luis César Sampedro, presente ayer en el Ángel Carro, para ver a su exequipo.

Quizás el modelo de Javi López en la banda sea el de Milla, con la reflexión y el silencio como señas de identidad mientras camina de un lado al otro del espacio acotado por la Liga y los colegiados, celosos de que los entrenadores no vayan más allá.

Este sábado, Javi López rozó la proeza que solo Quique Setién ostenta, la de ganar su primer partido de Liga. Cristian Herrera pudo ser el Manu del 1-0 ante el Hércules. Pero ni López fue el histórico cántabro ni Herrera fue el gran capitán. No lo fueron por cinco minutos de soledad máxima, la de una remontada que dejó el alma de la grada sombría y el suspiro de lo que pudo haber sido.

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