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Besos sonoros

Pedrito tiene seis años, el pelo rubio y la gramática de un abogado de jardín de infancia. Cuando una tarde le contaron que esa misma mañana habían vacunado a los abuelos, preguntó si dadas las circunstancias ya podía ir ya esa misma noche a dormir con ellos. Aún hubo de esperar unas semanas más, pero en mi familia la primavera ha venido con promiscuidad de abuelos y nietos, un guirigay de primos y de hijos, un frenesí de abrazos y besos sonoros. Bueno, eso no, porque mamá, experta en los ósculos ruidosos, dice haber perdido el arte, afirma que ahora los besos en el rostro de los niños se le ahogan en un susurro, en una intención.

Supongo que para la mejilla, o la boca de mi padre, tiene reservados otros más suculentos y silenciosos y que esos son los únicos que ha practicado en estos larguísimos meses pandémicos.

Por primera vez se ha quedado a dormir conmigo en C. Cuando me despisté, había vaciado todos los cajones, alacenas y armarios, asegurando haber encontrado fauna digna de un parque natural protegido. Tenéis el sistema inmune bien desarrollado, me dijo con sorna mientras se deshacía con alegría de tarros de conservas de espinacas caducadas. Para mí que estaba todo limpio, iba a contestar, cuando un ciempiés salió de unas sandalias viejas y corrió a meterse bajo el zócalo.

Luego me lee un párrafo del 'Libro tibetano de la vida y de la muerte' que Paz Padilla, el hit de la temporada, ha puesto de moda

Igual no tanto.

Nos reímos. La risa de una madre sí que limpia el alma.

La de la mía es franca y abierta y luminosa como este cielo de junio. En el paseo se detiene a ver todas las plantas, los detalles exactos de las flores, las formas de los pétalos, la intensidad de los colores. En dos zancadas está encaramada a los peñascos para coger unos botones de la virgen de un extraño color púrpura. Sobre las piedras aspira el aire del mar, de la vida, diría yo, y me señala un águila que ahí arriba ralentiza su vuelo atenta a una posible presa. Yo no la distinguiría de una gaviota.

Por la noche mete sus setenta y cinco años en un bonito camisón de encaje negro y presume de cuerpo mientras se embadurna con una crema manufacturada por mi hermana.

Luego me lee un párrafo del Libro tibetano de la vida y de la muerte que Paz Padilla, el hit de la temporada, ha puesto de moda.

Besos sonoros
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