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Vida sana

ENTRE MIS buenos propósitos para este principio de curso —el año, por muchas campanadas, muchas uvas y muchas historias empieza con la llegada de septiembre— está el de hacer más ejercicio. Revisé mi escasa equipación de vida activa. Las zapatillas ya están. Son japonesas, creo, y buenísimas. Me las regaló mi compañera Begoña Villacís, supongo que por ver si me animaba a llevar su vida sana: ella corre diez kilómetros todos los días. No tengo camiseta de deporte, pero me apaño con una de Zara que me estiró y me queda como una tienda de campaña. Voy hecha un adefesio, pero muy cómoda. Me faltaban los pantalones, así que fui a un centro de ropa deportiva. Vi enseguida lo que quería: unos pantalones cortos de aspecto cómodo, baratos y oscuros, que disimulan más. Y fui a buscar mi talla.

Pero ni de broma: allí no había más que ‘S’ y ‘XS’ en las que no entraría ni untándome con grasa de cerdo. Me resigné a comprar otro modelo, un poco más mono y bastante más caro, pero todo era ridículamente pequeño. A esas alturas ya estaba de bastante mal café: llevaba un rato vagando por la tienda del demonio y recordando que hubo un tiempo en el que me servían esos pantaloncitos. Y encima tenía hambre, porque estoy a dieta. En estas se me acercó un dependiente: «¿puedo ayudarla?». «Pues no lo sé. Estoy buscando unos pantalones de mi talla, pero aquí parece que sólo hacen
deporte las que caben en la XS». El chaval sonrió nerviosamente: «No, señora… quienes hacen deporte son las de tallas grandes, y por eso no quedan los que quiere usted». En ese momento el pobre chico me miró y se dio cuenta de que me estaba llamando gorda. Empezó a darme unas explicaciones tan absurdas, que cogí los primeros pantalones que me señaló, carísimos y grandísimos, los pagué y salí de allí encontrándome bastante patética.

Ahora, cuando me da pereza ir a entrenar, recuerdo la humillación con la que pagué esos pantalones y me pongo en marcha: el ridículo tiene que valer para algo.

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