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La tostadora de Margot

CUANDO ME casé, hace tres años, mi amiga Margot me regaló una tostadora. Pero no una tostadora cualquiera: la mejor tostadora del mundo, capaz de hacer la tostada perfecta, crujiente, uniforme, exquisita. Las mañanas de estos años fueron mucho más felices gracias a la tostadora de Margot, en la que pensaba cuando un olor delicioso inundaba la cocina mientras el aceite de oliva o la mantequilla esperaban su turno para fundirse sobre una rebanada de pan impecablemente dorada. Una jornada que empieza con una ración de pan calentito y crocante tiene más posibilidades de acabar bien. Pero hace unos días se me estropeó la tostadora: estaba preparando el desayuno cuando saltó un chispazo que dejó sin luz a medio edificio, y a mí sin uno de los instrumentos de mi felicidad cotidiana. Marcial, en su estoicismo, se lo tomó bien, habló de obsolescencia programada, y que si la tostadora había durado más de tres años bien podíamos darnos con un canto en los dientes y despedirla dándole las gracias por los servicios prestados.

Desde entonces, vago por las tiendas de electrodomésticos buscando una tostadora como la que me regaló Margot, con sus seis puntos de tostado, su plancha regulable, su espacio para preparar hasta ocho tipos de pan. No hay manera. El modelo que recibí ya no se fabrica, o a lo mejor es que todo es una conspiración para hacer más infeliz el comienzo de mis días, o una venganza del destino por sabe Dios qué viejas cuentas, así que ya me he resignado a encontrar otro aparato que será, seguro, peor que el que tenía. Entretanto, mi vieja tostadora sigue instalada en la cocina, achicharrada y triste, inútil tras años de trayectoria impecable, pero soy incapaz de tirarla, como soy incapaz de deshacerme de algún vestido que ya no me pongo o de unos zapatos largamente pasados de moda. Quizá porque me traen buenos recuerdos de otros tiempos, me aferro a ellos y me gusta verlos ahí, silenciosos y cubiertos de polvo, como el arpa de los versos de Bécquer

La tostadora de Margot
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