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Una banda sonora propia

Rosendo, en pleno concierto.AEP
Rosendo, en pleno concierto.AEP

LA JUVENTUD eran aquellos veranos en los que veías más a Rosendo que a tus padres. Pero claro, es que el genio de Carabanchel era casi como de la familia. ¿Cómo no querer a un tipo al que te encontrabas a la vuelta de la esquina dispuesto a hacerte feliz con su guitarra? Aquellos días, vistos ahora desde una azotea sin pelos que peinar, se recuerdan como si de una película se tratase. Eran aventuras desbordantes de vida que contaban con una banda sonora propia, la que ponía Rosendo tocando en las fiestas de cada pueblo al que te llevaban aquellos días con noches eternas.

A medida que crecías, el verano se iba haciendo más corto. Menos festivales, menos conciertos en la plaza mayor... menos vida. Pero incluso así volvías a cruzarte con Rosendo de vez en cuando. Ya no era lo mismo. Había canciones nuevas y a ti te daba vergüenza no poder cantarlas, pero a él le daba igual. Se pasó toda la vida perdonando a sus fans por chaparse los temas en cintas grabadas a coste cero, así que no se iba a enfadar porque solo pudieses acompañarlo a la voz en los himnos.

Y así alcanzamos una edad en la que las noches de verano son en su gran mayoría como las del invierno: para dormir. Da pena no tener esa fuerza en la sangre que te llevaba a vivir en una película, pero la herida sangra menos sabiendo que este es el primer año en que Rosendo no está de gira. Uno se va a la cama más tranquilo. Y también agradecido por todo ese tiempo de agradable compañía. Prometido.

Una banda sonora propia
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