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Todo a 80

TODO CUANTO se haga por reducir accidentes de tráfico, siempre parecerá poco. Pero ha de hacerse desde la racionalidad y no desde el oportunismo; desde la sensatez, no mediante ocurrencias por el aumento puntual de incidencias.

El director general de Tráfico acaba de descubrir que las carreteras secundarias son muy proclives a la siniestralidad, como si no lo hubiesen sido siempre. Por eso anuncia reducir el límite de velocidad a ochenta kilómetros, como si todas las vías convencionales pudiesen equipararse. Y aprovecha de paso (recaudar siempre es lo primero) para anunciar el aumento de radares.

Habrá tramos o carreteras que necesiten el reajuste, pero meterlo todo en el mismo saco, huele a decisión ofuscada y sin madurar. Más límites, más radares, más líneas continuas para que nadie adelante, más multas... Pero tan preocupado como está por la seguridad de los ciudadanos, se le olvidó referirse a la necesidad de reconvertir las vías convencionales, modificando trazados, eliminando curvas, renovando firmes, desbrozando zonas invadidas por la maleza, pintando arcenes..., por decir algo. Eso no interesa porque cuesta dinero y de lo que se trata es de lucrarse. En eso nunca fallan. 

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