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Lincoln y su barba

Verdad es, salvo ingenuidades que confirman la regla, que el hábito no hace al monje, pero contribuye a camelarlo. El símil sirve también para la imagen de los políticos, cuyo cambio de estuche, en campaña electoral, surte a veces el deseo de los expertos en imagen. Para eso están, aunque a veces ni tan siquiera se necesite su colaboración. La imagen barbada que conocemos del presidente estadounidense Abraham Lincoln no se debe a la intervención de ningún esteticista en modificar o mejorar apariencias sino a la de una niña de 13 años, llamada Grace Bedell. Escribió a Lincoln durante su campaña electoral de 1860, antes de llegar a la Casa Blanca, para que se dejase barba. Su cara le parecía severa y demacrada: "Tengo cuatro hermanos y parte de ellos votarán por usted, y si se deja crecer la barba intentaré que el resto de ellos vote por usted; estaría mucho mejor ya que su cara es muy delgada. A todas las mujeres le gustan las barbas y ellas azuzarían a sus maridos para que votaran por usted y entones sería presidente". El futuro mandatario no lo dudó, y en señal de agradecimiento mandó detener el tren que le llevaba a la toma de posesión para visitar personalmente a Grace en la modesta residencia de su pueblo.

Lincoln y su barba
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