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Un orden nuevo

Siempre ha habido un orden en la existencia del universo. El evangelio de San Juan comienza afirmando que «al principio era el verbo y por el verbo todo fue hecho». La tradición griega siguiendo a Hesiodo afirmaba sin embargo que «en el principio era el caos». Lo cierto es que el universo responde a una idea de orden, y todo parece estar ordenado. En ello radica para alguna ciencia la idea de Dios, y es lo cierto que por más que indaguemos solo encontraremos orden, y el conocimiento, según avanza, va descubriendo nuevas realidades y en ellas su propio orden. El abad Martini en su ‘Espíritu de la biblia y moral universal’ sintetizó las máximas, consejos y preceptos que son la base de la moral universal. Algo permanece siempre.

La vida social de los humanos también se desenvuelve con arreglo a pautas de orden, pero este varía, cambia, o mejor dicho, se transforma, se formulan nuevos paradigmas y así, siglo a siglo, hemos ido actualizando la plasmación de los principios en los que descansa el orden social.

Después de la Segunda Guerra Mundial se inició, es algo patente a mi juicio, la configuración de un nuevo orden social, y el Estado de hoy es claramente distinto del que imperaba hasta los años cuarenta del siglo XX. Ello ha sido consecuencia de la tendencia a universalizar lo que se conoce como Estado social que ha supuesto que hoy lo público crezca más y más, aproximándonos a un ideal de justicia social. Lo que digo es fácil de comprobar, si consultamos un presupuesto de los años treinta de un país avanzado y lo comparamos con uno actual, comprobaremos cómo la diferencia es más que llamativa. No parece que los fines públicos sean los mismos. La parte de los recursos que se dedican al gasto social consumen hoy una parte muy significativa de los mismos. Mucho más que en la mejor utopía marxista. En definitiva, los que recordamos, por haberlos vivido como adultos, lo acontecido en el último medio siglo somos conscientes de importantes reformulaciones de muchas cosas, de tal suerte que podemos constatar cuantas diferencias hay entre lo que recordamos del ayer y lo que vivimos hoy.

Y no me refiero a lo que en el fondo es anecdótico, en el cambio de usos y costumbres, como pudiera ser, por ejemplo, que hace un cuarto de siglo, salvo algún extravagante, ningún parlamentario acudía a las sesiones de la Cámara legislativa sin usar corbata, o en el de las diputadas y senadoras vistiendo con cierta sobriedad. Todavía era también así en parte, incluso en la universidad, en los años setenta del siglo XX cuando yo cursaba mis estudios en ella.

Sin embargo, hasta en la cuestión del vestuario, ciertamente irrelevante al día de hoy repito, lo que entraña un cambio notable, es curiosa cierta uniformidad general. Los jóvenes, los de la ciudad y los del rural, los estudiantes y los trabajadores, sea cual sea su capacidad económica visten igual. La única diferencia está en la calidad y claro está en el precio de las prendas que utilizan, hecho a veces no tan patente. Y no digamos en lo concerniente al calzado, ya que, los zapatos, si el uso social actual se confirma, van camino de correr la misma suerte que las prendas de cabeza. Salvo las gorras, que algunos llevan a todas horas y no se quitan ni para sentarse a la mesa.

Recuerdo que siendo adolescente e invitado por algún compañero a almorzar en casa de sus abuelos, me previnieron en más de una ocasión los anfitriones, que fuera con corbata, pues aquellos no admitían que ningún caballero se sentara a su mesa sin ella.

Reparemos también en el tuteo universal. De aquí a poco los que empleamos el usted seremos unos cursis. No es que te tuteen de mano, sin importar cuándo ni cómo, es que alguna gente parece que no sabe utilizar el usted. Cómo ha cambiado esta cuestión.

Más importante, sin embargo es la relación de lo individual y lo social, que en muchas ocasiones parece carecer de fronteras, y eso en un mundo obsesionado, al menos nominalmente, con la intimidad y la protección de los datos personales. En esto último probablemente estamos en proceso de determinación, y está influyendo mucho esa puerta abierta que son las redes sociales, casi como todo, buenas para unas cosas y no tanto para otras.

En cualquier caso, es patente que estamos viviendo un cierto orden nuevo en el que hay que saber situarse, aunque claro está, para hacerlo con éxito, tendrán que definirse las nuevas reglas, por más que las generaciones protagonistas se muestren renuentes resistentes no ya a observarlas sino a formularlas por los usos reiterados, primero en la familia, y después en el resto de las relaciones sociales.

No es lo que importa que a alguien se le ocurra y lo haga, ir con un frac, mientras subsista esa prenda, llevando además de pajarita blanca zapatillas blancas. Importa saber estar ahora, como ahora hay que estar. Como sea, pero de forma ordenada. Eso es el orden. O eso creo.

Un orden nuevo
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