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Mayoría y minoría

El sesgo informativo mayoritario más parece que parte de la base de que esto es así, acaso con la falsedad de presentar como mayoritario lo que es solo aspiración de una minoría

LA TENSIÓN ENTRE mayoría y minoría es uno de los hechos más interesantes de la vida social. Y también lo es la información de lo que afecta a una y otra.

Ciertamente, y fruto probablemente del fenómeno que conocemos como sociedad de la información, hoy hay casi o más información acerca de las minorías que la que existe respecto de los fenómenos mayoritarios. Y además las minorías mismas o sus argumentos son esgrimidos por dirigentes en sus discursos y razonamientos. Valgan como ejemplo las citas constantes al colectivo hoy identificado como LGTBI —que por cierto a mi me parece no muy homogéneo, se han mezclado demasiadas realidades en él— que se utiliza frívolamente para reprochar algunas actitudes, y supongo que para reivindicar otras.

La mayoría de las veces más parecen esas invocaciones guiños electorales, esto es obedecen a intereses muy poco claros y auténticos. La mayoría, se ha dicho con frecuencia, es silenciosa, y probablemente lo es en la mayoría de las ocasiones. Puede que más que silenciosa pueda decirse con mayor acierto que la mayoría no es normal y habitualmente activista. Cuando la mayoría se embarca en un movimiento más o menos amplio lo más normal es que nos encontremos ante un fenómeno revolucionario, grande o pequeño, pero revolucionario al fin.

Es una proposición que no admite contradicción que la mayoría debe respetar a las minorías, y como ha razonado el Papa Benedicto XVI, "la decisión mayoritaria no resuelve la cuestión de las bases éticas del derecho y de las cosas irrevocablemente justas".

Creo que es precisamente en la justicia de lo que demanda una minoría, por minoritaria que sea, donde radica la fuerza de unas razones que deben ser respetadas, y eso no puede resolverlo el mayor número sino la razón y la justicia.

Sin embargo, a lo que quería referirme hoy es a esa tendencia a aludir a algunas minorías concretas —por muy activas que sean no dejan de ser minorías— a invocarlas y a esgrimir sus reivindicaciones sin considerar para nada su razón y su justicia, al contrario, considerándolas sin más justas y razonables, para constituirlas luego en arma arrojadiza contra quienes no compren entusiásticamente tal mercancía, que en alguna medida suele ser, como se dice ahora, averiada.

En cuestiones de interés general que para su regulación adecuada demandan medidas que para ser eficaces deben formularse con generalidad, el particularismo expresado en excepciones puede comprometer la consecución del objetivo, y continuando con la reflexión breve, sucinta y general que en estas líneas llevo a cabo, acaso hoy, como nunca, los particularismos, sobre todo en sociedades muy evolucionadas parecen más importantes que la pauta general, y así, los efectos que con esta puedan ordenarse resultan condicionados y en demasiadas ocasiones terminan por facilitar la inobservancia por los más. Es como si los reglamentos y las precisiones que puedan contener, en la practica terminaran siendo impeditivos y, por tanto, incompatibles con los fines perseguidos por la norma legal.

Tampoco se entiende bien que se pretenda convencer a los más con razones que atañen solo o principalmente a las minorías. Hay que repetir sin desmayo que los derechos justos de las minorías deben ser respetados, y eso debe figurar entre lo que podríamos denominar principios que la mayoría social debe observar en todo caso. Pero ese respeto no puede mermar el hecho de que la voluntad mayoritaria predomine.

No hay razón de la minoría que, sin ser compartida finalmente por la mayoría, momento en que se convierte en razón de esta, pueda imponérsele fundamentando la imposición en falsos respetos a las minorías. Y hay que decirlo, el sesgo informativo mayoritario más parece que parte de la base de que esto es así, acaso con la falsedad de presentar como mayoritario lo que es solo aspiración de una minoría.

En resumen, la mayoría no puede imponerse como tal y por la fuerza numérica a la minoría, pero, aunque aquella sea habitualmente silenciosa, las convicciones ampliamente compartidas que se revelan por los hábitos de conducta general y por los juicios y opiniones mayoritarios no pueden ser puestos en cuestión por aspiraciones minoritarias, incluso justas, pero ajenas a cualquier base ética y en definitiva solo contrarias a las tendencias de los más, por mucho que se aireen y se agiten. Y con frecuencia parece que en eso estamos.

Mayoría y minoría