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Vacaciones de verano

CADA AÑO llega un día, por estas fechas, en que de repente tener que ir a trabajar se hace más difícil, la vida cotidiana, una vida que normalmente nos gusta y que algunos hemos tenido la inmensa fortuna de poder elegir, se nos hace cuesta arriba y ese día sabemos que necesitamos vacaciones.

Sé necesitan vacaciones cuando de repente todo aquello que nos parecía encantador empieza a irritarnos. Odias un poco más al despertador, y ya no te contentas con darle un manotazo, sino que lo tirarías gustosamente por la ventana. La inspiración y la concentración se volatilizan, igual que tu sentido del humor y hasta entiendes que te digan que te has vuelto un poco borde. 

¿Pero en realidad, de qué necesitamos vacaciones? Yo no las necesito de mi casa, que me encanta, ni de mis amigos, aunque a veces resulten un poco pelmazo, ni de mi ciudad, a la que adoro, ni de mi trabajo que me gusta. Necesito vacaciones sin embargo del móvil, del e-mail, del Facebook, del Twitter, hasta de la prensa diaria y no menos de los telediarios que parecen no cansarse de recordarnos lo mal que está todo (¡ya sé que la cosa esta mal, pero quiero mantener la esperanza de que mejorará!). De todo esto sí que necesito vacaciones.

Aunque he de confesar que en realidad lo que me más me irrita es enfrentarme a lo largo del mes de junio y julio a la consabida pregunta de ¿no os vais de vacaciones? ¿Adónde os vais?, como si no plantear esta cuestión fuese una descortesía mayor que no preguntar por la familia.

Se ha impuesto la idea de que llegada esta época del año hay que echar el cierre, y el fenómeno es tan masivo que se produce una especie de huida estival. Los hay que se van a conocer otros mundos, y los que se conforman con huir del suyo, aunque sea a casa de los suegros en el pueblo. Los dos planteamientos son válidos, aunque no se puede decir que estas experiencias salgan baratas, horas de viaje por carreteras que soportan riadas de coches, con sus malos humos, de los turismos y de las gentes, las esperas en aeropuertos y estaciones, o el calvario de hacer y deshacer maletas. Por cierto, algo que a mí nunca se me ha dado nada bien.

Pasar las vacaciones sin salir de la casa de uno de manera voluntaria, para la mayoría es una opción tan impensable que casi requiere una compleja justificación ante los demás por la sorpresa que causa. Parece que cuando hablamos de vacaciones de lo que realmente hablamos es de la necesidad de tener historias que contar en el café de la mañana de vuelta en el trabajo. Como si lo menos importante fuese descansar y desconectar de lo que hacemos habitualmente cambiando de actividad. Viajar que solía ser un lujo, en el mundo actual se ha vuelto una necesidad y un postureo.

El verano es un tiempo propicio para hacer parada y fonda de uno mismo y recargar energías. Se puede apagar el móvil y descubrir con asombro que no pasa nada y que el mundo sigue girando. Es momento para leer, pensar, reflexionar, contemplar despacio la realidad, disfrutar de la vida, y dejar de lado las obligaciones y compromisos, para centrarnos en saber qué nos pasa por dentro y encontrar la tranquilidad y bienestar que a veces perdemos durante el resto del año. Pero sobre todo ha de ser tiempo para estar y disfrutar con la familia y los amigos. Precisamente los mejores recuerdos que yo conservo de mis vacaciones tienen siempre a ambos como protagonistas. 

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