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El pecado original contemporáneo

CON LA evolución de la tecnología y la comunicación, cualquier persona que utilice internet ha adaptado su vida al entorno digital, sin reparar en el torrente de información personal que va dejando al interactuar con los soportes electrónicos, navegar por internet o participar en las redes sociales. Esas pequeñas migajas que vamos dejando crean nuestra huella digital.

La huella digital es un tema que preocupa a los usuarios ya que afecta directamente a su seguridad y privacidad. Sería algo así como una recopilación de información sobre la persona que se basa en su comportamiento online: publicaciones, comentarios en blogs, webs y redes sociales, uso de aplicaciones, registros de correo electrónico, compras, todo esto forma parte del historial en línea de una persona. En cualquier caso, si hay algo que ha propiciado que cada vez haya más información sobre los usuarios en internet esto es, sin duda, la aparición y extensión del uso de las redes sociales.

Las políticas de privacidad de cada una de estas redes se esfuerzan por hacernos creer que, como usuarios, somos libres de determinar aquello que queremos que sea público y diferenciarlo de lo que preferimos que no lo sea. Pero la verdad es que en internet todo está interconectado y existen registros de todo lo que se almacena, se comparte y se publica. Por lo tanto, aunque borremos fotografías o publicaciones, los proveedores de servicios tienen acceso a esa información. De ahí la necesidad de pensar siempre antes de publicar: qué publicamos, dónde y quién puede llegar a tener acceso, y también determinar, en la medida de lo posible, una correcta configuración de privacidad de nuestras redes.

Además de la huella digital, los usuarios poseen también una identidad digital, un yo que es una especie de clon de nosotros mismo, ya que la red incluye no solo los datos que vamos dejando como consumidores de contenidos online y/o productos, sino también la manera en la que queremos que nos vean los otros usuarios. Con cada acción que realizamos, trazamos ese perfil formado por nuestros intereses, nuestros hábitos y rutinas y nuestras preferencias. Pero no solo cuentan nuestras acciones también las de los demás. Así, por ejemplo, si un compañero de universidad sistemáticamente sube fotos de fiestas, en las que aparecemos, quizá algunas no muy apropiadas, está influyendo en nuestra identidad digital (reputación online), y llegado el momento por ejemplo de una entrevista de trabajo la impresión que podemos generar puede ser bastante mala o poco seria.

A los jóvenes les gusta vivir el hoy, el presente, ser los primeros en compartir sus aventuras, experiencias y ser los más cool. Pero como enviar una documentación a la papelera no es sinónimo de que el contenido se borre, hay que pensarse muy bien si lo que se publica hoy no nos pesará en el futuro. De ahí la importancia de contener el furor por la inmediatez y dedicar algún tiempo para el análisis sobre la conveniencia o no del contenido de lo que compartimos, porque a posteriori gestionar nuestra reputación online es una tarea complicada.

Si Peter Pan perdía su sombra, nosotros no podemos hacer lo propio con la nuestra digital, porque como afirma José María Lassalle «la huella digital se convierte en una especie de pecado original que nos acompaña de por vida», con la salvedad añadida de que este no lo elimina la confesión.

El pecado original contemporáneo
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