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Nueva normalidad

DESDE LUEGO para describir la realidad las palabras importan. Su elección nunca es casual ni inocente y menos cuando se usan en política y se repiten machaconamente por medios como la TVE (instrumento propagandista de Moncloa y sus majorettes periodísticas) para hacerse habituales y entrar a formar parte del vocabulario cotidiano. Así, la expresión ‘nueva normalidad’ lanzada por Sánchez y su cuadrilla de asesores y paniaguados ha derramado ríos de tinta para anunciar una especie de cambio que nos hará a todos más buenos, solidarios y comunicativos, y con el debido propósito de enmienda, incluso reinventados. 

Pero cuando se habla de esto, ¿qué se quiere decir? ¿Cómo se define? ¿Cómo se construye? ¿Con qué tiempos? ¿Con qué protagonistas? Nueva normalidad es una contradictio in terminis, ya que la normalidad se construye a través del tiempo, poco a poco, probando y descartando y adoptando formas y maneras que se van volviendo 'normales'. La nueva normalidad, en cambio, no será el resultado de un largo proceso sino la imposición de un gobierno empoderado por nuestro miedo. 

Parece que viviremos con más temores y controles, los extraños serán más extraños y el contador de usos y costumbres se pondrá a cero para desprendernos de (casi) todo lo que hasta ahora nos definía como sociedad. El mundo será plano como las pantallas que ya son el centro de nuestra vida y sustituyen a libros, periódicos, cine o TV. Antes compartir era vivir, pero tras el Covid-19 (un virus profundamente egoísta, contrario a que se comparta), entre el avance de las relaciones digitales y el miedo a los demás, nos tocaremos poco y nos abrazaremos menos. Las miradas desconfiadas con las caras hundidas detrás de mascarillas harán de la sonrisa algo privado, un privilegio de interiores. 

Es responsabilidad de todos que la nueva normalidad no arrastre lo mejor que la normalidad conocida nos ha dado en estas últimas décadas

Todo esto construirá una nueva realidad más que una nueva normalidad, que habrá que ordenar y gestionar democráticamente, sin perder de vista que una cosa es una nueva realidad con sistemas y contrapoderes democráticos como hasta ahora y otra que se base en estados de alarma, que en absoluto implican normalidad. 

Nunca gobiernos democráticos tuvieron tanta cancha para ejercer su poder y parece que avanzamos a una sociedad con más control, una distopía autoritaria. Todo lo que hicimos estos meses no fue producto de un debate, o de una decisión consultada y compartida, fue lo que nuestro gobierno quiso que hiciésemos. La democracia se suspendió (¡por nuestro bien!) y el Gobierno gobernó sin apenas control, usando el estado de alarma como excusa, en ocasiones, más para otros fines que para lo que se había declarado. 

No es casual que este sea un buen momento para los populismos demagógicos y los autoritarismos reaccionarios, que para construir la nueva normalidad acuden a la demagogia o a la apelación al sacrificio de las libertades en beneficio de caudillajes histriónicos, en lugar de construir bases estables de futuro fundamentadas en amplios acuerdos. 

La nueva normalidad es un reto democrático que convoca a los amantes de la libertad, el progreso, el bienestar y el respeto por los derechos, a evitar el desmontaje de las democracias liberales. Una nueva normalidad se impondrá, pero es responsabilidad de todos que no arrastre lo mejor que la normalidad conocida nos ha dado en estas últimas décadas. Afortunadamente no empezamos de cero, ni queremos volver a cero.

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