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¿Falta liderazgo político?

La irrupción del coronavirus es el trauma más profundo que ha vivido la humanidad en el siglo actual. Sometidos a aislamiento en medio del miedo y la ansiedad, vivimos momentos de desmoralización y desánimo y cada día hay más familias destrozadas por el luto. Sin embargo, cuando se observan los casos en otros países donde su expansión se ha enfrentado con éxito, y las cifras de afectados son mucho menores que las nuestras, surge la pregunta de qué es lo que están haciendo bien, o simplemente ¿tienen mejores líderes? 

Ulrich Beck, sociólogo de la London School of Economics, nos advierte de los desastres que se derivan de tratar las nuevas amenazas del siglo XXI con políticas ahora inservibles del XX, y de la necesidad de contar con gobernantes preparados para anticiparse a esos peligros y capacitados para gestionar, desde el primer minuto, las catástrofes cuando se producen. Por el contrario, con cierta ironía Robert Louis Stevenson afirmaba que la política es la única profesión para la que no se considera necesaria ninguna preparación y conociendo a algunos de los políticos actuales, podemos reconocer que no le falta razón. 

Hay una cualidad que debería estar muy presente en las personas que nos gobiernan y que no es otra que el liderazgo. Algo en lo que precisamente no parece haber destacado mucho nuestro presidente Pedro Sánchez, a quien las ramas de la Moncloa no le dejan ver la espesura del bosque, y que no ha dejado de demostrar falta de capacidad y empatía para hacerse cargo del estado de ánimo de los españoles. 

Su gestión de la crisis ha demostrado carencias que no se disimula con las lealtades ideológicas de algunos medios de comunicación (amigos o pagados) que pretende justificar con un «todos los gobiernos han cometido los mismos errores», lo que es falso y no tapa ya las carencias de un Ejecutivo de coalición bisoño y sin solidez. 

Cuando las cosas van mal, cuando no salen como queremos ni como esperamos, nos cuesta reconocer nuestros errores

Preside un Gobierno que siempre ha ido por detrás de los acontecimientos, insolvente en la gestión y falto de la más mínima ejemplaridad (recordemos al vicepresidente Iglesias saltándose a capricho la cuarentena a la que estaba sometido). Ha demostrado una irresponsabilidad sin límites al permitir la celebración de la multitudinaria manifestación del Día de la Mujer en Madrid, con 120.000 personas en la calle, cuando ya teníamos más de 500 casos confirmados de coronavirus. Su improvisación e incompetencia han contribuido a elevar la incertidumbre entre una ciudadanía ya de por sí desconcertada y asustada.

Cuando las cosas van mal, cuando no salen como queremos ni como esperamos, nos cuesta reconocer nuestros errores. Sin embargo a Sánchez parece no costarle nada porque no ha sido capaz de reconocer ninguno propio. Siempre la culpa es de los demás, e incluso llegado el caso, resulta muy conveniente aquello de la canción de Gabinete Caligari «la culpa fue del chachachá». 
Pedro Sánchez debería meditar detenidamente al respecto y tener presente que las culpas no pasan a ser ajenas por el mero hecho de que no las consideremos propias. Tampoco estaría de más que recordase que los buenos líderes son aquellos que cumplen con las expectativas que se han depositado en ellos, que transmiten seguridad, que huyen de los reduccionismos ideológicos, que son responsables y que viven con pasión su compromiso con los ciudadanos.

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