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Bajo los adoquines, la playa

SE CUMPLEN 50 años de aquel 'Mayo del 68', que González Férriz definió como “una enmienda a la totalidad del mundo surgido de la Segunda Guerra Mundial”, y de “todo lo que estaba mal en la mirada occidental hacia el mundo: su militarismo, su avaricia, el dominio de una generación de hombres blancos de avanzada edad, incapaces de comprender las necesidades, los miedos y los anhelos de los jóvenes”.

La guerra de Vietnam agitaba las universidades, y Francia recuperada de la Guerra Mundial, y dirigida con mano firme por De Gaulle, sufriría la mayor huelga general conocida hasta el momento, ocupación de centenares de fábricas, cierre de facultades, manifestaciones y enfrentamientos con la policía.

Los estudiantes de melena engreñada y barba, minifaldas, botas altas, pantalones de pana y vaqueros, trencas con libros asomando por los bolsillos, corbatas estrechas, gabardinas y jersey de pico o de cuello alto, y mucho tabaco Gauloises, representaban una nueva forma de hablar, exigir, sentir y vestir. Además, estudiaban en oasis de la izquierda, que les ofrecía espejismos de sociedades utópicas a las que se llegaba con lecturas de Marcuse.

Primero voló un adoquín en la plaza de San Germain, y después otro y otro, y más tarde las barricadas, y mientras desparecían piedra a piedra las calzadas muchos soñaban con que emergerían los arenales de las playas.

París se convirtió en la ciudad de las pintadas: “Ni Dios ni amo”, “Vivir sin tiempos muertos, gozar sin trabas”, “Tomo mis deseos por realidad porque creo en la realidad de mis deseos”, “Bajo los adoquines, la playa”, “Corre camarada, el viejo mundo está detrás de ti”, “la humanidad será dichosa el día en que el último burócrata haya sido colgado con las tripas del último capitalista”.

Los estudiantes ocuparon la Sorbona donde les esperaba un anciano y casi inválido Jean Paul Sartre, arengándoles para cambiar el mundo. A su lado Simone de Beauvoir, inteligente, combativa y feminista que, de algún modo, le ayudaba a capitanear aquella fiesta. Cuando desde el Gobierno se sugirió detenerle, De Gaulle se negó: “Uno no puede arrestar a Voltaire”.  

Alain Finkielkraut, en “La derrota del pensamiento”, afirma que se trató de “una pantomima disfrazada de drama” y coincide en señalar esto como el origen de algunos de los males de Occidente: el multiculturalismo, y la dictadura de lo correcto, que nos traería una cultura relativista, decadente y en cierto modo debilitadora.

Sea como fuere se trató de un terremoto que pareció poner al mundo al borde del colapso y apenas obtuvo éxito político. Hasta los parisinos increpaban a los jóvenes al grito de “¡acabaréis todos notarios!”, por lo que representan estos de figuras del antiguo régimen. Con el paso del tiempo, en efecto, muchos renegaron de su legado, “tradición muy francesa”, como afirma Sánchez Dragó, y dedicaron sus esfuerzos más a apuntalar o reformar el sistema que a subvertirlo, llevados por razones tan legítimas como el cambio de visión sobre los problemas del mundo. Eso sí, la “revolución” caló desde el punto de vista iconográfico, de manera que en nuestras retinas el fenómeno mantiene la fuerza visual de las barricadas y sus líderes estudiantiles rebeldes y fotogénicos. Personalmente lamento que se haya perdido en la política moderna el pensamiento utópico y que la sensación que embarga a los ciudadanos sea la de que todo es irremediable y nada pueda cambiarse. 

Bajo los adoquines, la playa
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