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El artículo de junio

Me repito, bien sé que me repito. Pero, ¿quién no? ¿Cómo no tras cuarenta años escribiendo uno o dos artículos semanales, grosso modo entre tres y cuatro mil en total? Creo, pues, que es disculpable que me repita un poquito. A fin de cuentas los comentaristas políticos —yo mismo, más o menos y en ocasiones- se repiten mucho más, continuamente, y no pasa nada. Los que critican a los unos están todo el tiempo, meses, años, una vida criticándolos; y los que critican a los otros (o a los hunos, pero esta vez con h) están o estamos dale que dale sin parar. Y la gente los lee, porque lo que les gusta no es la imposible novedad del tema o de los argumento, sino que les den (demos) leña a los que no son de los suyos, cuanta más mejor, aunque sea siempre la misma leña.

Insistiendo en lo de la repetición (ya llegaré, si llego, al que iba a ser tema central del artículo) hay ilustres precedentes en eso de repetirse. ¿No componía Vivaldi siempre el mismo concierto, con ligeras variaciones para disimular? ¿Y Bach? ¿No se copiaba a sí mismo Howard Hawks, sin ningún reparo? ¿No es El Dorado un remake, por no decir un autoplagio, de ‘Río Bravo’ y ‘Su juego favorito’ de ‘La fiera de mi niña’? Y si tan excelsos autores lo hicieron, ¿cómo no voy a hacerlo yo? Éste va o iba a ser el artículo de junio, de todos los junios.

Con los primero fríos del último otoño o del incipiente invierno aparecían las vendedoras de castañas asadas en las calles de Madrid

Pero otro exordio, también repetido porque me suena que ya escribí de esto hace unos años, a lo peor más de una vez. ¿Y qué es eso de lo que ya escribí? Pues del artículo de la castañera, un tópico periodístico del siglo pasado, no sé si de sus principios o de su mitad o así. Tal era que con los primero fríos del último otoño o del incipiente invierno aparecían (al contrario que las violeteras, aves precursoras de primavera) las vendedoras de castañas asadas en las calles de Madrid (en otras ciudades también, pero el centralismo de antaño, ya se sabe). Y entonces los plumillas de por allí sacaban un repetido artículo centrado en estas mujeres, un artículo entre melancólico, castizo y dickensiano. Era un tópico de aquellas fechas, no por conocido esperado con menos agrado.

Pues yo pretendía, antes de perderme por vericuetos insospechados, hacer lo mismo que se hacía con el artículo de la castañera. Pero en vez de con la castañera, con el exuberante junio, el mejor mes del año, mi preferido. Los días larguísimos, las noches tan breves como intensas, la vegetación imparable, los animales creciendo y adaptándose a la dura y fascinante vida que les espera. Culminación y plenitud. Carpe diem. 

En fin, lo que iba a ser un artículo se quedó en unas cuantas líneas. Poco para junio.

El artículo de junio
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