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Desánimo culé

NI EL flamante fichaje de Dembélé devuelve la ilusión a los aficionados culés. Al menos a una buena parte, entre los que me incluyo, que contemplamos cada día menos juego en el Camp Nou y al Madrid un poco más lejos en la carrera por dominar el fútbol mundial. Y es que ver al Barça es como ir a un concierto de ese veterano grupo de rock venido a menos pero al que sigues idolatrando. Asistes por convicción, aguantas el mal trago pero terminas por no volver y quedarte solo con los discos y aquel directo magistral de diez años atrás. Un director de orquesta llamado Guardiola consiguió reunir un elenco de músicos irrepetibles y, lo que es más difícil, armonizarlos para que brotase de sus botas una sinfonía futbolística celestial. Pero de eso hace también una década. De esos instrumentistas quedan ya muy pocos y el solista destacado, argentino, se ve obligado a improvisar en cada partido. Enfrente está un Madrid que ha ganado tres de las últimas cuatro ligas de campeones. Pero el culé teme aún más lo que está por llegar, con los jóvenes Asensio, Kovacic, Ceballos o Lucas Vázquez y otros jugones como Isco, Modric o Kroos con cuerda para rato. Quizás ya no tanto a Cristiano, que, por cierto, en unos meses puede igualar a Messi con cinco balones de oro en su haber. Muchos echan la culpa del estancamiento de Leo a Bartomeu, cuya gestión hace revivir por momentos la fatídica era Gaspart. El actual presidente se aferra al puesto legitimado por unas elecciones que ganó en 2015 de forma incontestable cuando su actuación al frente del club ya estaba cuestionada y con su valedor, Sandro Rosell, ya pringado por el caso Neymar. Ahora que el crack brasileño se fue son muchos los que piensan que es hora de cerrar el ciclo y hacer 'tabula rasa', aunque sacar el barco a flote y recuperar el rumbo llevará años.

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