Opinión

La estrategía de idiotizarnos

Cada vez que me toca asomarme a este espacio, con esa libertad de escribir sobre cualquier cosa como si tuviese opinión de algo, lo hago con más miedo.

En estos tiempos, en los que todos andamos sobrados de piel fina, la ironía es como un deporte de riesgo. En cualquier momento puede salir un ofendidito que, gracias al efecto amplificador de las redes sociales, te monte un lío de padre y muy señor mío.

Y así, en menos de lo que Yolanda Díaz tarda en volver a la peluquería o yo a rasurarme la cabellera, pasas de ser el graciosillo de la clase al mayor gilipollas del reino.

Lo triste es que esa estrategia de idiotizarnos a base de debates vacíos da resultado. Tanto, que a mi ya no me importa si el remedio para aliviar a las familias de la inflación es asfixiarlas con hipotecas más altas o si el futuro de Galicia pasa solo por los eólicos y los eucaliptos.

Lo único con derecho a quitarnos el sueño es conocer todos los detalles del beso en la boca de Victoria Federica a una amiga. Así nos va.