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Épicas amargas

Puede que la violencia sea una respuesta, una contestación amarga, apasionada, emocional a una deriva social, económica, política, filosófica, pero nunca será una solución. Las rupturas exigen liderazgos que las enrumben hacia caminos ciertos, alternativas de pensamiento, planteamientos renovados y fundadas opiniones. Los ismos que crecen: radicalismo, extremismo, fanatismo, sectarismo, anarquismo, nihilismo, etc. presuponen, solos o entremezclados, una amenaza que nos ahogará a todos si esa marea negra no encuentra la respuesta correcta, contundente y democrática. No se trata de irse a Marte, como quien cambia de sede.

En las ofertas actuales, algunos líderes basados únicamente en el éxito de la notoriedad mediática —singularmente del domino de las redes—, tratan de destruir el imperfecto mundo competitivo, dominado sí por la formación, el esfuerzo y la aceptación de valores —incluidos los democráticos—. La estrategia seguida por estos individuos radicales es de una perversión orwelliano-goebbelina negacionista. El «no» es la respuesta a todo lo que no les conviene, pero no ofrecen alternativas, solo mensajes populistas.
En conjunto, creemos tener el mundo en nuestras manos, pero esa realidad tecnológica se alimenta de medias y de falsas verdades construidas, de egolatrías y protagonismos ridículos, de debilidades, de consumismos compulsivos, de inercias analfabetas. Con los datos que se ofrecen, que nos llevan a exponer incluso intimidades entre las que se encuentran las disponibilidades económicas o las preferencias individuales más heterogéneas, las redes se han convertido en la mayor arma extractiva de la historia. Internet esconde un gran basurero y un arma, todo al servicio de los mayores poderes mafiosos. Hay cosas buenas claro, pero son las menos.
Las redes han desnaturalizado los tiempos de evolución e imponen criterios globales a sistemas locales, paulatinamente empobrecidos. La realidad está siendo sustituida por un mundo virtual, eficazmente dominante. La respuesta, que requiere un esfuerzo sin precedentes, debería ser unánime, instrumentada por poderes democráticos legítimos, ajustados a las leyes, y por sociedades y comunidades libres y activas que sepan utilizar las herramientas con fines de positividad, de bienestar común, de utilidad social y personal.

Los estudiantes parisinos de 1968 rindieron un tributo insospechado al pensamiento y a la obcecación revolucionaria del activista Louis Auguste Blanqui, con su lapidaria frase: «Seamos realistas, ¡pidamos lo imposible!». Ahora, en una interpretación menos poética y romántica, hemos de reclamar entendimientos de Estado, sentido común si quieren, y una estrategia firme y consensuada desde la que defender y quizás construir una nueva cultura propia, digital sí pero genuina, con límites de expresión basados en la libertad respetuosa a la democracia, a la separación de poderes y a quienes piensan de modo distinto. Deberemos reforzar los sistemas críticos, por ejemplo los medios de comunicación, que pueden jugar un papel fundamental en el equilibrio entre las partes. Hay que otorgar un espacio de relevancia y protagonismo a intelectuales y librepensadores. 

Es preciso construir espacios de confianza, responsabilidad y valores ciertos para todos, pero muy especialmente para las nuevas generaciones, atosigadas por pantallas, pero faltas de referentes de proximidad éticos y morales, incluso de horizontes. En este ahora, no todo es malo, pero sí que todo puede ir a peor.
La luz que nos ilumine no debe provenir de calles incendiadas, ni de delincuentes disfrazados de libertarios. Ellos son los primeros manipulados con técnicas propias del estalinismo o del nacismo o de nuevas corrientes extremistas que saben aprovecharse muy bien de los momentos de crisis y descontento. Un manifestante reivindica pero no arrasa tiendas para llevarse una sudadera de moda, ese es sencillamente un delincuente, quizás ocasional, pero un ladrón al fin.
Nada es nuevo. Alexis de Toc-queville (1805-1859), escritor, pensador y político del liberalismo francés, dejó escrito que «no es bueno emplear el tiempo en buscar qué conspiraciones secretas han provocado acontecimientos de esta especie, las revoluciones, que se cumplen por emoción popular, son ordinariamente más deseadas que premeditadas. El que se vanagloria de haberlas conspirado no ha hecho más que sacar partido».

La revolución de la normalidad ha de emerger de gente normal, de la que hace cosas extraordinarias, de los científicos, de los pensadores, de renovados líderes, de esos que siquiera encuentran espacio para divulgar sus hallazgos en los medios de comunicación públicos.

El nuevo orden ha de provenir del respeto, del conocimiento del pasado, de la recuperación de lo bueno preestablecido y de la rectificación de lo malo.
En esta continua transformación hay solo un final posible. Hemos de ganar los que tratamos de corregir las amenazas: cambio climático, migraciones, corrupción, terrorismo, mafias, empobrecimiento, hambre, narcotráfico, pandemias y, por supuesto, a estos alborotadores que ya no se acuerdan de aquellos que desencadenaron guerras terribles. 
La violencia solo conduce al apocalipsis. Se empieza por romper cristales, que no lo olviden.

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