jueves. 04.06.2020 |
El tiempo
jueves. 04.06.2020
El tiempo

El primer náufrago en el Pacífico, nuestro gallego

Ilustración para el blog de Rodrigo Cota. MARUXAEL 10 de agosto de 1519, al mando de Magallanes, salió de Sevilla la expedición que habría de dar la primera vuelta al mundo. A bordo iban varios gallegos, uno de ellos, nuestro protagonista, llamado Gonzalo de Vigo, quien demostraría con los años ser un experto superviviente. La armada sufrió todo tipo de penosas vicisitudes, narradas por Antonio Pigafetta. Tras varias tormentas y motines, cuando llegaron a la altura de Las Marianas, la situación era casi insostenible. Viendo como sus compañeros morían de escorbuto, cuando no de hambre, hasta el punto de que las ratas se habían convertido en la mercancía más cara a bordo de las embarcaciones, nuestro paisano Gonzalo de Vigo (de quien sabemos a ciencia cierta que era gallego, y suponemos por motivos obvios que era natural de Vigo) y dos portugueses decidieron abandonar el barco en aquellas islas. El archipiélago fue originalmente bautizado como ‘Islas de los Ladrones’.

Según se cuenta, Magallanes y sus hombres pararon para abastecerse de víveres, que fueron entregados por unos nativos sonrientes, acostumbrados al comercio entre islas, que daban por hecho que recibirían algo a cambio de su mercancía. Los españoles, por su parte, pensaban que los indígenas simplemente eran unos tíos amables que regalaban sus alimentos. Para deshacer el malentendido de la manera más eficaz, los habitantes de las islas robaron a los españoles para cobrarse su deuda. De ahí lo de ‘Islas de los Ladrones’. Allí, pues, allí desertaron nuestro Gonzalo de Vigo y los dos portugueses a finales de agosto de 1522. Nuestros hermanos portugueses fueron asesinados por la población local, quedando como único superviviente el gallego, que se convirtió en un náufrago del que no se tuvieron noticias hasta cuatro años después. El 5 de septiembre de 1526 otra expedición, esta al mando de García Jofre de Loayza, llegó a las islas.

Ahora el cronista es un joven Andrés de Urdaneta, que con los años se convertiría, con Legazpi, en una de las glorias vascas de la exploración del Pacífico. También viajaba allí Elcano, otro vasco que ya diera la vuelta al mundo. Cuenta Urdaneta que al llegar a las Marianas: "Aquí hallamos un gallego que se dice Gonzalo de Vigo, que quedó en estas islas con otros dos compañeros de la nao de Espinosa, é los otros dos muriendo, quedó él vivo, el cual vino luego á la nao é nos aprovechó mucho porque sabía la lengua de las islas". Otros testigos declararían que Gonzalo de Vigo apareció en una canoa con varios indígenas y todos los de la expedición "se maravillaron mucho" al ser saludados en aquel remoto paraje "al uso y manera de los de Castilla". Gonzalo de Vigo, como experto en el arte de sobrevivir no subió a la nave de buenas a primeras. Exigió garantías de que sería perdonado por su delito de deserción, que se penaba con la muerte. Una vez obtenida la deseada absolución, nuestro vigués accedió a continuar camino con los hombres de Loayza. Sirvió como intérprete y negociador ante los líderes locales, actividad en la que también demostró gran soltura. Nada sabemos de los años en que Gonzalo de Vigo permaneció como náufrago en las Islas de los Ladrones, pero es de suponer que su supervivencia se debió a sus capacidades para adaptarse a las normas y costumbres de los isleños, algo que no debieron hacer con igual eficacia los dos portugueses sacrifi cados. Y no dejó mal recuerdo Gonzalo de Vigo en las islas, pues aun décadas después, cuando alguna embarcación española hacía parada allí, eran recibidos al grito de "¡Gonzalo, Gonzalo!".

El relato de Urbaneta y las declaraciones de los testigos del viaje de Loayza, las podemos leer en el tomo V de la ‘Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles’.

Gonzalo de Vigo continuó como miembro destacado de la expedición de Loayza. Su utilidad como traductor se perdió al llegar a las Filipinas y en adelante, donde se hablaban otras lenguas. En uno de esos momentos en los que trataban de utilizarlo como negociador, en las Filipinas, fue secuestrado por los indígenas. Mientras era amenazado de muerte, pidió a gritos auxilio. Sus aliados guardaban silencio para no ser descubiertos, así que nuestro héroe viéndose abandonado por los suyos y convencido de que vivía sus últimos instantes, se libró a empujones de sus secuestradores y echó a acorrer hacia territorios amables.

Gonzalo de Vigo salvó otra vez la vida y así siguió. La crónica continúa pero de nuestro protagonista se pierde la historia. No sabemos dónde acabó, pero sí sabemos que fue el primer náufrago europeo en el Pacífico. Que fue el primer traductor, intérprete y negociador, y sobre todo que supo sobrevivir durante años como desertor y como conquistador y caer tan bien entre los bandos de los conquistadores y de los indígenas que ni unos ni otros se cobraron su cabeza. Ojalá tuviéramos hoy ejemplos de gente admirada entre dos bandos enemigos.

El primer náufrago en el Pacífico, nuestro gallego