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La farándula de Casado y Abascal

Pablo Casado. EFE
Pablo Casado. EFE

Fíjese usted cómo vienen saliendo las cosas de locos. A media semana discutíamos con fervor sobre la triste moción de censura en la que Abascal demostró ser un bisoño. A estas alturas, tras cuatro décadas de democracia y diversas experiencias previas, presentar una moción de censura con el apoyo de 52 diputados es una soberana estupidez. Abascal proponiendo una moción para presidir el Gobierno. Yo ya no sé quién asesora a esta gente, ni a Abascal ni a los otros, pero habrá que decir que Pablo Casado trasquiló a Abascal mientras venía a por lana. No sé qué pretendía salvo que toda esta gaiteirada fuese pactada con el PP. No descartemos nada. Es cierto que Abascal se sintió ofendido hasta en lo personal. Quizá no esperaba tanta discordia con Casado tras regalarle tres comunidades autónomas y algunas alcaldías, pero el PP es demasiado PP, lleva décadas jugando a la política estatal y moviéndose entre cadáveres.

Casado y Arrimadas no quieren salir ahora en la foto de Colón. Stalin borraba de sus fotos a sus disidentes. Lo que nunca hizo fue borrarse a sí mismo por ser más fácil y rápido que borrar a los demás. Stalin iba sacándoselos de las fotos de uno en uno, pero eso es complicado para Casado porque hay tanta gente en esas fotos que si los quita a todos de golpe la cosa se queda en un selfie: mejor borrarse él.

Fíjese que todas las cámaras estaban durante la moción de censura enfocando al PP y la duda al principio era sobre si iba a abstenerse o votar no. Por algo será. Demasiadas fotos con Vox, demasiados pactos comunitarios y locales. El PP depende de Vox y eso no cambiará. Abascal, mientras se lamía las heridas, declaraba que no peligraban los pactos con el PP y Ciudadanos en comunidades autónomas y ayuntamientos. Su jugada fue tan mala que está intentando arreglarla salvando los muebles.

Tampoco vamos a ser demasiado parvos. Casado y el PP no viraron al centro en dos horas, durante la moción. Ya habían dado algún adelanto con la expulsión de Cayetana y la inclusión de Ana Pastor, pero la oportunidad de oro se la ofreció Abascal, que ejerció de pobre hombre incapaz de obtener la abstención de sus socios. La culpa en todo caso fue de Abascal y de Vox, incapaces de entender de qué va esto.

Todo eso, con toda la lógica se olvidó muy pronto, pues a las pocas horas ya nos habíamos olvidado de Vox y de sus chorradas y estábamos hablando de un probable pacto entre PSOE y PP para renovar el poder judicial; y no mucho tiempo después, el tema es que Sánchez va a activar nuevamente el Estado de alarma a petición de un número sustanciosos de comunidades autónomas. Todo va demasiado rápido: el notición del mes dura quince minutos, hasta que llega el siguiente.

De entrada, hay quien pueda vislumbrar una vuelta al bipartidismo: el PP reniega de Vox porque lo siente con razón como el gran rival y el PSOE busca los acuerdos de hace décadas que conformaban el poder entre losdos grandes partidos que se relevaban en el Gobierno y si es necesario, el tiempo lo dirá, desentendiéndose de sus socios de Unidas Podemos, de quienes saben que no pueden abandonar el Gobierno bajo ninguna circunstancia.

Pero hay algo que no cuadra del todo, por lo que yo tengo una teoría conspiranoica. La ruptura entre el PP y Vox parece muy cruda pero puede deberse a un tacticismo: mientras los de Vox se quedan con el voto ultra, el PP emprende un viaje simulado al centro, donde obtendrá rédito entre los votantes de Ciudadanos y algún que otro votante despistado del PSOE. Puede haber un cálculo y de hecho lo hay, según el cuál una dispersión entre el centroderecha y la ultraderecha de Vox podría fijar el voto de la derecha entre uno y otro partido y superar al combo PSOE-Podemos-nacionalistas.

Hay quien dice en Madrid que la ruptura entre populares y ultraderechistas obedece a una táctica a medio plazo según la cuál Vox afianza el voto extremista sin nadie que se lo dispute mientras los de Casado simulan un viraje al centro, que es donde se ganan las elecciones. Entre unos y otros abarcarían un arco que va del centro a la ultraderecha. La idea no es del todo mala: distanciar a uno y otro partido puede ser un "divide y vencerás", aunque en este caso dan mejor las matemáticas si divides a los tuyos para que parezcan rivales.

Yo no me engañaría más de la cuenta. PP y Vox siguen siendo aliados a pesar del vapuleo que le sirvió Casado a Abascal. Mucho poder hay colgando de esa abrazadera de la que ni unos ni otros se pueden desprender, así que no puede usted fiarse de nada de lo que ha visto o escuchado estos días. Ni Casado se ha entregado al PSOE ni ha abandonado a Vox. La farándula es espectáculo, y todo lo que estamos viendo es farándula.

La farándula de Casado y Abascal
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