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Un hombre de una pieza

La muerte de Echeverría por defender a una mujer deja un ejemplo enorme de valentía

SOMOS PRÁCTICAMENTE de la misma edad. Casi toda mi familia es de Lanzós, una parroquia del municipio de Vilalba. En un determinado momento de nuestras vidas vivimos, por lo tanto, a pocos kilómetros de distancia. Ignacio Echeverría residió en As Pontes durante varios años, cuando se trasladó a esa localidad a causa del trabajo de su padre. Compartí pupitre, amistad e incluso piso de estudiantes en Santiago con gente de Xermade, chavales que hacían vida entre la capital da Terra Chá y el ayuntamiento que creció al calor de la central térmica. En los últimos días, hemos estado muy pendientes de la información que llegaba desde Londres. De una forma difícil de justificar, las autoridades británicas han prolongado de forma inexplicable la incertidumbre y la agonía de sus familiares y amigos. Su hermana recorrió todos los hospitales en los que estaban ingresados los heridos en el atentado, pero no pudo encontrarlo ni conseguir noticias sobre su paradero. No es difícil ponerse en su piel. Cualquiera con un mínimo de empatía puede comprender todo lo que han pasado y lo que aún les queda por delante. El duelo por un ser querido que se ha marchado de forma prematura. En unas circunstancias dramáticas y brutales, además. No hay medalla ni homenaje que rellene el vacío que deja un ser humano. Seguramente, los que lo amaron en vida no hallarán consuelo para su tristeza en el enorme ejemplo que nos dejó a todos con su actitud. Ese comportamiento que tantas cosas nos cuenta de él a quienes nunca lo conocimos. El mismo que lo llevó, precisamente, a la muerte.

Aunque sólo fuese por un instante, quizás por la proximidad a su viejo lugar de residencia y a sus 39 años, cuando se confirmó la noticia de su fallecimiento no pude evitar pensar que algo así podría haberme pasado a mí mismo, o a cualquiera de las personas de mi entorno. Que basta con estar en el lugar preciso y en el momento más inoportuno. Fue algo pasajero, una idea fugaz. En seguida caí en la cuenta del matiz. Lo dijo su propia hermana: "Ignacio perdió su vida por salvar a otros". No sólo se murió por haber tenido el infortunio de encontrarse frente a frente con tres fanáticos. Los asesinos lo mataron porque tuvo el valor necesario para hacerles frente. A lo mejor podría haber escapado y seguir viviendo. Otros lo hicieron. Nada se les puede reprochar. Sin embargo, él intentó auxiliar a una mujer que estaba siendo atacada a cuchilladas. Plantó cara a los asesinos. No estoy muy seguro de que ni yo ni otra mucha gente hubiésemos actuado como él lo hizo. Quién sabe. Llegado ese momento inoportuno, en ese preciso lugar, se comportó con valentía. Con un coraje, un arrojo y una bondad hacia los demás que seguramente son menos habituales de lo que nos gusta creer. Por eso, en esa isla que hace unos meses decidió ensanchar el Canal de la Mancha para separarse un poco más de la Europa continental, hoy le llaman "héroe". Era, como dijo un amigo suyo antes de que se confirmase su fallecimiento, un hombre "de una sola una pieza".

Si los británicos y sus medios de comunicación lo consideran un héroe, hay que recordarles que no es así cómo se trata a las personas que han muerto por su comportamiento a favor de la vida de los demás. Qué justificación puede tener que su familia haya tenido que esperar casi cuatro días para que las autoridades les confirmasen que Ignacio figura en la lista de fallecidos en ese atentado. Acaso no son sus padres, sus hermanas y sus amigos víctimas de las misma barbarie que provocó su muerte. El propio ministro de Exteriores español calificó su situación como "inhumana". Qué protocolo puede explicar que se alimente durante casi media semana la esperanza de aquellos que lo último que quieren creer es que su hijo ya no está. Resulta incluso perverso.

No hay excusa posible para semejante ineficacia. Ha sido tanta la torpeza que finalmente ha acabado por convertirse en crueldad. Nuestro propio Gobierno calificó el comportamiento de sus allegados ante lo sucedido como "un ejemplo de sensatez". A lo mejor todo encaja. Del seno de esa familia de comportamiento "ejemplar" ante semejante adversidad, en palabras del ministro del Interior, salió un día hacia Londres esa persona que será recordada, precisamente, por su acción "ejemplar" y "ejemplarizante".

Me quedo con la expresión de su amigo. Era un «tipo de una sola pieza". No lo mató un grupo de locos. Eso sería simplificar demasiado la realidad. Su asesinato es la consecuencia del fanatismo, una forma de ser y de estar en el mundo que tiene mil caras, todas ellas perniciosas y letales para las personas. Es lo contrario al respeto y a la tolerancia. No es un sentimiento nuevo, es casi tan antiguo como el ser humano. Da igual su apellido. No importa que sea religioso o político. Nubla el juicio y la conciencia. Siempre acaba generando odio hacia la disidencia. Para derrotarlo hacen falta muchos hombres, sociedades, países y valores de "una sola pieza". Por desgracia, hay demasiados cabrones en este mundo interesados en romper y dividirlo todo para quedarse con su trocito de mierda.

Un hombre de una pieza
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