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Se cumplen veinte años de la muralla como Bien Mundial y toca hacer autocrítica
La muralla de Lugo, a pleno sol.AEP
La muralla de Lugo, a pleno sol.AEP

HACE YA DOS DÉCADAS que ocurrió. Cómo pasa el tiempo. Inevitablemente, un momento importante de mi vida está asociado a la declaración de la muralla de Lugo como monumento Patrimonio de la Humanidad. Ese esperado, ansiado y trabajado reconocimiento se produjo el mismo año en el que terminé mis estudios universitarios en Santiago y, con el título de licenciado en Xornalismo debajo del brazo, comencé a trabajar con contrato en un medio de comunicación. Fue un punto y aparte en mi camino. En aquellos primeros meses del siglo XXI contamos muchas noticias, pero seguramente ninguna tan importante, ni con tanta trascendencia para nuestra ciudad, como aquella decisión por parte de la Unesco. Fue un día de mucho ajetreo en una redacción de informativos en la que apenas llevaba dos meses trabajando. En muchos sentidos representó el inicio de una nueva etapa en la historia de esta urbe bimilenaria. También un punto y aparte, o seguido, no sabría decir, para la vieja Lucus Augusti.

Más allá de otras consideraciones, visto ahora en perspectiva, tengo la impresión de que fue algo así como un chute de adrelina para Lugo y para los lucenses. También de optimismo, de esperanza y, por qué no, de una autoestima de la que nunca anduvimos muy sobrados. Otros, con mucho menos, se hinchan como pavos. No hay que tenérselo en cuenta, está en su naturaleza. Aquel 30 de noviembre la muralla de Lugo pasó a formar parte del catálogo de bienes Patrimonio de la Humanidad. Es cierto que después se sumaron a tan distinguida lista el Camino Primitivo y la propia catedral, pero en aquel momento la ciudad pudo empezar a presumir de nombre propio en un mapa en el que antes solo aparecía marcada con un punto.

Dos décadas después de aquella declaración es un momento tan bueno como cualquier otro para preguntarnos si hemos hecho las cosas bien. Si hemos sabido sacarle partido a aquel punto de inflexión. Si hemos profundizado en el conocimiento de nuestro principal monumento y hemos avanzado en el estudio de su génesis y de su historia. En definitiva, si hemos aprendido más cosas sobre ese pericardio que envuelve el corazón de nuestra ciudad. Pero también si lo hemos promocionado como se merece. Con recursos y con talento. Si hemos sido capaces de presentárselo al resto del mundo. Si hemos conseguido mostrar lo excepcional que es. Si hemos llegado, veinte años después, a convertirlo en un auténtico foco de atracción, en un elemento vertebrador de todo nuestro potencial turístico.

Es un momento tan bueno como cualquier otro para preguntarnos si hemos sabido cuidarla. Si hemos dado los pasos necesarios para protegerla del deterioro provocado por el inexorable paso del tiempo. Si estamos haciendo lo suficiente para consolidarla y para garantizarle otros dos mil años de vida. Si hemos sido escrupulosos a la hora de defenderla de agresiones exógenas, aquellas originadas por el día a día de la propia civilización, pero también otras provocadas por la negligencia de aquellos que piensan que lo que es de todos no es de nadie en realidad. Cuestionarnos, en definitiva, si hemos estado a la altura. Evaluarlos con la mayor equidad posible. A nosotros mismos como sociedad y a las instituciones donde ponemos cada cuatro años a los políticos que nos representan. No debemos ser benévolos. Si aparcamos la condescendencia, nos examinamos bajo un filtro de imparcialidad y repasamos lo que ha sucedido en estos últimos veinte años con justicia, llegaremos a conclusiones útiles para el futuro. Aunque no nos gusten las respuestas.

Es un buen momento para formularnos preguntas. Tan bueno como cualquier otro para hacer autocrítica. Está muy bien celebrar tan señalada efeméride, pero conviene no revolcarnos en nuestra propia suficiencia. Queda mucho camino por andar. Responder a todas esas cuestiones con honestidad puede hacernos mejores. Hay margen, sin duda.

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