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Papá

Celebramos hoy el Día del Padre en unas condiciones especiales, marcadas como casi todo por la pandemia

ERA UNA PERSONA de genio vivo, pero también de muy buen humor. Cuando se enfadaba, se le notaba demasiado. No sabía fingir. Elevaba la voz y soltaba todo tipo de improperios, pero ahí se quedaba todo. Su reacción era parecida a la que se produce cuando descorchamos una botella de cava si la hemos agitado un poco antes. La espuma sale a borbotones, pero en apenas unos segundos, el líquido reposa de nuevo mansamente, salvo por esas pequeñas burbujas que forman parte de su propia esencia. Lo mismo le pasaba a él. Bajaba casi con la misma intensidad con la que subía. Nunca percibí rencor en sus reacciones. No era de ese tipo de gente que se enreda en las mismas historias una y otra vez. Lo dicho, dicho estaba. Lo pasado, pasado estaba también. No le gustaban las cosas a medias, pero tampoco insistir en temas caducos. Era hombre de una sola cara.

Odiaba las mentiras y los chismes. No le parecía bien que la gente se inmiscuyese en la vida de los demás. Decía que todo el mundo tiene bastante que rascar en su propia casa sin necesidad de meter el hocico en problemas ajenos. No era difícil sacarle una sonrisa, pero siempre fue de reprimir las lágrimas. Tanto las de emoción como las de tristeza. Creo que era una persona sentimental, pero se le notaba la educación que había recibido. Cuando él se crió no estaba bien visto que los hombres llorasen. Aun así, muchas veces lo vi hacer no pocos esfuerzos para mantener la compostura. Las emociones se le reflejaban en la cara a pesar de esa imagen de firmeza que siempre se esforzaba por transmitir.

No están de más una o dos jornadas al año para reconocer todo lo bueno que unos progenitores hacen por su prole

Fue un buen padre. Me dejó para el camino consejos que cada año que pasa cobran más valor. Impartió a mis ojos muchas lecciones de vida. Asumió con entereza el diagnóstico y luchó con denuedo contra la enfermedad que acabaría por consumirlo. Demasiado pronto, con muchas cosas pendientes todavía. Lo hizo sin una queja, sin un lamento. Más pendiente de los demás que de sí mismo. Y trabajando cada día, hasta que las fuerzas lo abandonaron por completo. Siempre me repetía que "del trabajo sale todo". Me lo recordó incluso aquel primer día en el que él y mi madre me dejaron solo en mi piso de estudiante en Santiago de Compostela. "Un ano malo teno calquera", me dijo, pero la vagancia o la indolencia nunca fueron una opción para él. Curiosamente, cuando acabé la carrera, me instó a seguir estudiando. Me animaba a preparar una oposición, a asegurar mi futuro, al menos desde el punto de vista laboral. No le hice caso. Como tantas otras veces en las que él seguramente tenía razón.

Hoy es el Día del Padre. Aunque no me gustan las celebraciones por decreto, reconozco que pocas efémerides tienen más sentido. El mío decía con sorna que «un pai mantén a vinte fillos, pero vinte fillos non manteñen un pai». Puede sonar exagerado, pero ahora que yo también lo soy, comprendo el significado de esa frase. El verdadero amor materno o paterno es, sin lugar a dudas, el único carente de egoísmo alguno. No están de más, por lo tanto, una o dos jornadas al año para reconocer todo lo bueno que unos progenitores normales hacen por su prole.

Si los renglones de la vida no se hubiesen torcido, hoy iría a verlo. Seguramente, almorzaríamos o cenaríamos juntos. Tendría que ser en un restaurante o en una taberna. Los rectores de la sanidad gallega no nos permitirían reunirnos ni en su casa ni en la mía. No creo que pusiese problemas en todo caso. Nunca nos resistimos demasiado a ir a los bares o a comer fuera, cuando se podía. Ahora que ya no está físicamente, mi padre aparece con mucha frecuencia en mis sueños. Vuelvo inconscientemente a muchos de esos momentos agradables que pasamos juntos. Lo malo es que al despertar no está. Lo bueno es que en esos reencuentros no hay toque de queda.

Feliz día. Ata a noite, papá.

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