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Obligados y convencidos

PENSÉ QUE podría superar el bache con voluntad y optimismo. Aptitud no me falta, pero aún así creo que, de seguir por este camino, habrá que recurrir a medidas más radicales. Apostar de forma inmediata por acciones más contundentes y hechos rotundos. No sé. A estas alturas de la película lo de ponerse un pendiente no viene demasiado a cuento. Resultaría extemporáneo. Incluso ridículo. Tampoco un piercing, al menos en un lugar visible. Tengo que reconocer que no me vendría mal uno en la lengua, es posible que me ayudase a decir menos cosas inconvenientes. Dejarse el pelo largo tampoco es una opción. No está la azotea para aventuras heroicas. Me conformo con conservar unos cuantos años más lo que queda de mi lacia cabellera.

Las opciones son, por lo tanto, bastante reducidas. Quizás, comprarme una moto chula. Es una posibilidad, remota, pero factible. O hacerme un tatuaje en el brazo, aunque sea algo demasiado definitivo para un tipo tan indeciso. Me veo a los dos días frotando el dibujo con papel de lija. Además, no tengo una relación demasiado cordial con las agujas. Solo nos soportamos en caso de necesidad. Qué me queda entonces. Supongo que lo de siempre. Bajar de peso e ir al gimnasio para recuperar tono muscular. Visto mi deplorable estado de forma, tendría que dedicarle al asunto bastante más tiempo del que dispongo para mis cosas. Lo de hacerse runner estaría bien, pero reconozco que me falta motivación para echarme a correr así, sin más. Hasta ahora no me había dado cuenta, pero creo que he llegado a la crisis de los cuarenta. Se presenta un año tarde, pero tampoco se trata de ser exhaustivos. En teoría, los de mi quinta somos ya individuos de mediana edad. Suena de pena.

Sumido en tan delicado trance, llega otra campaña electoral. Después de dos décadas juntando letras, he perdido ya la cuenta de todas las que han pasado. Sí recuerdo la primera, porque me tocó hacer la cobertura de la votación de Manuel Fraga en Vilalba. Eran otros tiempos. Todo ha cambiado mucho en los últimos años. Eran momentos en los que los grandes partidos políticos llenaban los mítines y casi nunca faltaba gente en los actos electorales. Militantes y simpatizantes arropaban a su líderes de forma incondicional y acudían a la llamada de las siglas para hacer auténticas exhibiciones de fuerza. Cada uno dentro sus posibilidades, pero desde luego en mayor medida de lo que sucede hoy en día.

La desafección por la política se nota de forma especial en la dificultad con la que se encuentran las agrupaciones para movilizar incluso a aquellos que van a votar el día de autos. Ahora la comunicación es más virtual, medida y encorsetada.

Los mensajes son envasados antes de meterlos en la cadena de distribución. Suceden cosas como lo que ocurría esta semana en Lugo con el candidato socialista y el presidente del Principado de Asturias que, en plena crisis por la situación de Alcoa, declinaron hacer cualquier tipo de declaración al respecto. Se movieron en terreno seguro, en un acto preparado. Al calor del aplauso de los convencidos y de ese halago fácil que casi roza la caricatura. En su descargo debo decir que no son los únicos ni tampoco los primeros.

Todo resulta hoy más predecible y aburrido. Al menos para alguien que capea como puede la crisis de las cuarenta castañas. Lo saben hasta los que están en el ajo. En una de las últimas campañas, no recuerdo si fue en la de las municipales o en alguna de las elecciones generales, vi al llegar que en el acto central de uno de los partidos había bastante gente. Se acercó a charlar conmigo uno de los responsables de la intendencia. Le comenté que, para los tiempos que corren, habían conseguido reunir a bastante público. Un nutrido grupo de "convencidos", le dije. Me miró con sorna y, con media sonrisa, me contestó con una inesperada ironía: "Y de obligados".

Miré al público y enseguida me di cuenta de lo que quería decir. En todos los partidos sigue habiendo gente que responde rauda al toque de corneta. Por la cuenta que le trae.

Obligados y convencidos
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