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Los listos

La satisfacción de quienes se saltan el aislamiento debe estar en creerse más avispados que los demás

Supongo que a todos nos ha sucedido alguna vez. Quién no ha estado haciendo cola de forma disciplinada en la línea de cajas de un supermercado con la mirada puesta en aquellas que están cerradas. Prevenidos por si acumulación de clientes persuade al encargado de poner a más personas a cobrar. Sin embargo, cuando eso sucede, no todos reaccionamos de la misma forma. Normalmente, el dependiente que ocupa su puesto invita a las personas que están aguardando su turno "a pasar por orden" de espera. Eso no siempre ocurre. Casi nunca, creo. Suele haber algún espabilado o espabilada que aprovecha el momento de confusión para colarse. Hay quien lo hace de forma sutil, con expresión despistada, como quien no quiere la cosa. Otros de manera descarada, sin remilgos ni miramientos. Normalmente la jugada les sale bien. Consiguen salir del establecimiento un par de minutos antes. La victoria es miserable, pero entiendo que la satisfacción tiene que estar en sentirse más listo que los demás. Seguro que aquellos que se comportan así de forma más o menos habitual no se paran a pensar que no son más avispados que sus semejantes, simplemente son más maleducados.

Desde un confinamiento que comenzó el pasado 13 de marzo, observo lo que sucede fuera de las cuatro paredes de mi casa a través de una pantalla. Salvo para tirar la basura o para reponer víveres cuando la necesidad aprieta, no pongo un pie en la calle. Por eso, a veces pienso en todos los propietarios de mascotas que pueden salir a pasear a sus perros mientras que hay niños pequeños que llevan dos semanas encerrados. En su caso, qué puedo decir, hacen lo que les ha permitido el que maneja el cotarro. Pero también tengo pensamientos, y no demasiados buenos, para todas esas personas que, de forma injustificada, se pasan por el arco del triunfo las medidas decretadas en el estado de alarma. Supongo que son una minoría, pero tampoco son cuatro. Me contaba la dependienta de un supermercado de mi barrio que hay tipos y tipas que aparecen por el comercio tres o cuatro veces al día. Que el personal todavía no es consciente de la gravedad del asunto. El pasado fin de semana la Policía Nacional tramitó sesenta denuncias y la Local ha propuesto sanciones para más de un centenar de conductores. Además, en este tiempo, los agentes de uno y otro cuerpo han tenido que cortar botellones y fiestas clandestinas. Como si a los demás nos gustase llevar vida de anacoreta.

Entiendo que toda esa tropa de insumisos encuentra en su actitud, además del placer de salir de sus domicilios, la satisfacción de creerse más listo que los demás. Como aquellos que se cuelan en las cajas de los supermercados. Más iluminados incluso que las autoridades sanitarias que nos han mandado quedarnos en casa por el bien de todos. También por el suyo. Supongo que es una forma de ser y de pasar por la vida. La misma que exhiben algunos miembros de un Gobierno que sostiene que el virus comenzó a propagarse de forma indiscriminada en nuestro país el 9 de marzo, justo un día después de permitir las manifestaciones, multitudinarias por otra parte, del Día de la Mujer. Entre otras destacadas participantes en la marcha de Madrid, las ministras Carmen Calvo e Irene Montero, también la mujer del presidente. Todas ellas infectadas.

Supongo que también se creen más astutos que el resto de sus congéneres aquellos otros que pretenden sacar ventaja y hacer política mezquina de una catástrofe que ya se ha llevado por delante la vida de miles de personas. Una crisis que puede arruinar a mucha gente y dejar sin trabajo a un ejército de currantes. No es el momento. Estamos a otra cosa. Se les ve el plumero. Tiempo habrá para reproches. Que controlen su ansiedad y ambiciones. El gran problema que tienen aquellos que se consideran más listos es, a grandes rasgos, que los demás tampoco somos tontos de solemnidad.

Los listos