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Final feliz

El futuro de Alcoa depende de que baje la luz por más que se enrede en esta campaña

HACE YA ALGUNOS AÑOS que cambié de coche por última vez. Todavía recuerdo, eso sí, cómo fue la negociación. Por motivos que no vienen al caso, necesitaba un vehículo más grande, con un buen maletero para cargarlo a tope de cosas que muchas veces resultan totalmente innecesarias. Supongo que a todos nos ha pasado alguna vez. Cuántas veces habremos transportado utensilios "por si acaso" que al final nunca llegamos a necesitar. Volviendo al tema, desde el primer momento tenía bastante claro cuál era el presupuesto máximo que estaba dispuesto a invertir. A riesgo de dejar mis maltrechas finanzas en los huesos, fijé ese límite para no sobrepasarlo bajo ningún concepto. Ni un euro de más estaba dispuesto a gastarme. Si no podía comprar nada por esa cantidad, tenía pensadas dos posibles alternativas. O bien rebajar mis pretensiones o, en último caso, recurrir al mercado de ocasión.

Después de visitar los concesionarios y de escuchar las explicaciones de media docena de comerciales sobre las ventajas de sus marcas, mi selección quedó reducida a un par de modelos. Dos coches similares, por prestaciones y por precio. Con todo, con los vehículos sucede como con otras muchas cosas en la vida. Es difícil que llegue a conquistarte aquello que no te entra realmente por los ojos. Debo confesar, por lo tanto, que uno de ellos me gustaba un poco más que el otro. La elección hubiese sido más sencilla si no fuese por una ligera diferencia entre lo que costaba una unidad y lo que costaba la otra.

El problema residía en que, a causa de esa pequeña diferencia, uno de los coches se ajustaba perfectamente a la cantidad que me había fijado como tope, pero el vehículo que más me gustaba superaba ligeramente ese presupuesto máximo que yo mismo había establecido. Se lo comenté al vendedor. Le dejé clara cuál era mi preferencia. También le expliqué que si no podía hacerme una pequeña rebaja para que llegasen a cuadrarme los números, sintiéndolo mucho iba a decantarme por la otra marca. Negociamos durante varios días. El agente conocía su oficio. Me comentaba que era imposible llegar al precio que yo estaba dispuesto a pagar, pero aún así trataba de convencerme. Me recordaba las prestaciones del automóvil, el equipamiento que incluía, el prestigio de su marca y la garantía que me ofrecía el fabricante. Sin dejar de reconocer todo eso y de agradecer su trabajo, tuve que reiterarle que no estaba dispuesto a poner ni un euro más. Al final, cerramos la operación. Final feliz para todos.

Ha comenzado la campaña electoral. La situación actual de Alcoa será uno de los temas centrales del discurso político en nuestra provincia en los próximos días. Tengo la impresión de que con el futuro de la fábrica de aluminio primario de Cervo sucede algo parecido a lo que ocurrió durante el proceso de negociación para la compra de mi coche. Hablamos de muchos más actores y de una cantidad ingente de dinero, pero el fondo de la cuestión es similar. El secretario general de los socialistas gallegos recordaba estaba semana las "medidas" que está impulsando el Gobierno para garantizar los puestos de trabajo, como el inédito estatuto de empresas electrointensivas o autorizar ayudas por importe de 38 millones. No es suficiente. La propietaria de la planta es una multinacional que solo mantendrá la producción en A Mariña si le resulta rentable. Para ello, ha dejado muy claro que el precio de la energía eléctrica tiene que bajar.

Con el coste actual, no le dan las cuentas. Aquí importan más los números que las promesas y las buenas palabras. Si cubre, perfecto, y si no, la cosa se pondrá fea. Todos lo saben, por más que sigan mareando la perdiz. Nos queda la esperanza de un final feliz. Para todos.

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