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Felicidad plena

Todos los partidos que entraron en la corporación tiene algún motivo para alegrarse

Votación en un colegio electoral de Burela. JOSÉ Mª ÁLVEZ
Votación en un colegio electoral de Burela. JOSÉ Mª ÁLVEZ

NO ES FÁCIL asumir la derrota. Tiene que ser duro de narices asimilar que el esfuerzo de meses o incluso de años no ha encontrado el refrendo esperado en unos comicios electorales. Supongo que a veces resultará frustrante comprobar que las ideas que uno defiende, el trabajo para llevarlas a la práctica y el empeño que hay que poner para difundirlas entre la gente no hallan finalmente el eco esperado en los demás. No sé, nunca he estado dentro, pero imagino que en las entretelas de los partidos políticos habrá personas con los pies en la tierra que saben de antemano hasta dónde se puede llegar. Individuos prácticos, que aportan realismo a la efervescencia de las expectativas. En todo caso, también reconozco que puede ser sencillo caer en la autocomplacencia e interiorizar una imagen distorsionada de uno mismo, y de lo que pasa a nuestro alrededor, si solo nos rodeamos de correligionarios que piensan igual que nosotros. O de palmeros, lo cual es bastante peor.

Se dice que en las noches electorales nadie pierde. Si es duro asumir la derrota, no lo es menos el reconocimiento de la misma. Es la exposición pública del fracaso. Todo el mundo se agarra a lo que puede para salvar los muebles. Es lícito, pero quizás poco honesto. Para uno mismo y para los demás. En todo caso, después de lo sucedido el pasado domingo, sí se puede decir que todos los partidos que finalmente entraron en la corporación municipal tienen motivos para sentirse medianamente satisfechos. Seguramente, ninguno está para tirar cohetes, pero tampoco para ponerse la corbata negra de los funerales.

Supongo que a Ramón Carballo le hubiese gustado ser alcalde y al Partido Popular recuperar el gobierno de una ciudad que está en manos del eterno rival desde hace veinte años. No podrá ser, pero nadie podrá negarle que hizo una gran campaña y consiguió un buen resultado electoral, seguramente contra todo pronóstico, después del revolcón que le habían dado a los suyos un mes antes, en las Generales que ganó Pedro Sánchez. Se puede avanzar incluso si se rema contracorriente, pero el esfuerzo es mucho mayor. Tampoco encontró, por otra parte, el apoyo que necesitaba en Ciudadanos. El partido naranja fue incapaz de mejorar su representación, pero lo suyo tampoco fue un fracaso. Después de conseguir dos concejales en los anteriores comicios prácticamente con la gorra, alguno pudo pensar que la cosa es siempre así de fácil. Que se lo digan a Lugonovo o a la Esquerda Unida de Portomeñe. Olga Louzao subió en votos y sigue en la corporación. No es poco.

También está el caso de la alcaldesa en funciones. Su resultado no fue bueno, pero el bastón de mando seguirá en sus manos. Después de un mandato complicado, hubo un voto de castigo a su gestión. Su candidatura recibió casi cuatro mil apoyos menos en la ciudad de los que cosechó el PSOE en las elecciones europeas, que se celebraban el mismo día. Miles de votantes socialistas le dieron la espalda, pero aún así logró mantener la misma representación en la corporación y, salvo sorpresa mayúscula, tendrá una segunda oportunidad al frente del Ayuntamiento de Lugo.

Por su parte, el BNG pasó de dos a cinco concejales. Arroxo no será alcalde, pero su resultado ha sido magnífico. Inesperado para muchos. Tiene en sus manos la llave del gobierno local y, si finalmente decide participar en el mismo, entrará con una fuerza notable a la hora hacer prevalecer sus ideas y postulados. Será casi el rey del mambo. Casi. Unos tienen más motivos que otros para estar contentos pero, al final, el que no se consuela es porque no quiere. Pueden pensar, para mayor alivio, que la felicidad plena no existe en política. Salvo en Vigo, pero esa es otra historia.

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