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Estabilidad

La mayoría absoluta facilita la gobernabilidad pero carga de responsabilidad a los socios

Un alto cargo del gobierno bipartito de la Xunta, aquel formado por socialistas y nacionalistas que naufragó a tres metros de la costa a principios de 2009, reconocía abiertamente hace unos días, en el transcurso de una charla informal, que las desavenencias entre los socios de aquella coalición no vinieron motivadas, en ningún caso, por la divergencia de los programas políticos o por diferencias irreconciliables en el ámbito de la propia gestión. Fueron los «egos» los que dilapidaron la credibilidad de un ensayo político que en solo cuatro años volvió a situar la ficha en la casilla de salida. Los protagonistas de entonces no supieron aprovechar la oportunidad que les puso encima de la mesa el cambio de ciclo, con el fin de un tiempo en el que Manuel Fraga no dio opción a sus rivales políticos. Lejos de escenificar la unidad de acción en el ejecutivo autonómico, los próceres de ambos partidos se afanaron por explicitar una bicefalia alimentada día a día por su propio afán de protagonismo. El presidente Touriño y el vicepresidente Quintana rivalizaban por el calor de los focos en el crudo invierno patrio y esa relación convulsa irradiaba sus síntomas a todas las consellerías. Las consecuencias son de sobra conocidas. Desde entonces, Feijóo gobierna con mayoría absoluta. Van tres consecutivas.

A raíz de todo lo que está sucediendo en la política nacional, con dos convocatorias electorales consecutivas que no acaban de despejar el horizonte, seguramente provocadas también por el hiperliderazgo al frente de los principales partidos, últimamente se está hablando mucho por estos lares de la importancia de conformar ejecutivos sólidos. Unos y otros reivindican la seguridad y la fiabilidad que aportan sus respectivos gobiernos para garantizar el bienestar de los ciudadanos. Lo hace Feijóo en la Xunta de Galicia, con su mayoría absoluta, pero también lo hicieron en días pasados José Tomé y Maite Ferreiro, en la Diputación de Lugo, o Lara Méndez y Rubén Arroxo, desde el Ayuntamiento de la capital lucense, en su caso mediante la reedición del viejo pacto entre socialistas y nacionalistas. Se reconoce la estabilidad como un valor, aunque la ruta que cada uno sigue para llegar a alcanzarla sea diferente. En las instituciones locales se ha recurrido al acuerdo entre dos formaciones distintas, mientras que en la administración autonómica la aritmética ha permitido la formación de un gabinete monocolor.

Gracias a esa "estabilidad" salieron este jueves adelante los presupuestos del Ayuntamiento de Lugo para el próximo año y, previsiblemente, también será aprobada el próximo 15 de diciembre la propuesta del bipartito en la Diputación Provincial. Sin entrar en valoraciones sobre las partidas asignadas en cada caso, es evidente que la posibilidad de sacar adelante las cuentas en tiempo y forma supone un primer paso notable para normalizar la gestión del dinero público y la propia acción de gobierno. Unos y otros dispondrán de doce meses, un año completo, para ejecutar las cantidades consignadas y completar las inversiones previstas por cada institución.

La acción de gobierno estuvo condicionada en Lugo durante el pasado mandato por la debilidad del gobierno local y las dificultades para sacar adelante las cuentas municipales. La mayoría absoluta que suman socialistas y nacionalistas en el pleno lo facilita aparentemente todo, aunque lo realmente importante no es la aprobación de un presupuesto, sino su ejecución. El trabajo diario que empieza ahora.

Para ambos socios este primer presupuesto conjunto significa una oportunidad. Un examen para demostrar su capacidad de gestión y buen entendimiento. Lo tienen todo de cara. Por ello, si no aprovechan la ocasión, el fracaso será dolorosamente evidente.

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