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De bares

Brindis en un bar. ARCHIVO
Brindis en un bar. ARCHIVO

SOY DE BARES. Creo que lo fui siempre. Desde que soy adulto y cuando era un tierno infante. Recuerdo que los domingos iba a misa y al catecismo con mi padre, cuya tumba, por cierto, no pude visitar en este día de Difuntos por culpa de las restricciones que me impidieron salir del municipio de Lugo. Al finalizar la eucaristía, los mayores se marchaban, pero los niños nos quedábamos un rato en la iglesia para recibir catequesis. Primero para hacer la primera comunión y luego para llegar preparados a la confirmación. Nuestros familiares nos esperaban normalmente en la taberna. Cuando nos dejaban marchar, salíamos como tiros de escopeta a su encuentro. A veces, el cura de Lanzós entonces, don Cándido, nos daba una pequeña propina para chucherías. No tardábamos demasiado en fundirla en chicles con pegatinas del coche fantástico, Phosquitos y otros ejemplos ochenteros de alimentación sana y saludable. Todavía me pregunto por qué no acabamos todos convertidos en mantecosas bolas de grasa. Servidor estaba bien criado, pero alguno de mis amigos se mantenía en plena forma, y eso que no se quedaba atrás a la hora de engullir todo tipo de guarradas industriales. En realidad, creo que la explicación es más o menos sencilla. Nos pasábamos el día fuera de casa, corriendo, jugando o ayudando a hacer las tareas domésticas. Eran otros tiempos.

Volviendo al asunto que nos ocupa, en Lanzós había entonces tres bares en las inmediaciones de la iglesia: O Gateñas, O Filemón y el de Jaime do Cementista. Cuando nos reuníamos con nuestros padres, nos invitaban a tomar esas bebidas azucaradas a las que ahora el Gobierno quiere subirles el Iva. Acompañadas, por supuesto, de su correspondiente tapa de cocina. Tengo que reconocer, desde mi visión de adulto, que eran pinchos tradicionales, comida casera, que sin duda maridaba mejor con cerveza o con vino que con los refrescos que nos bebíamos los niños. Daba lo mismo. A nosotros todo nos sabía a gloria. Además, era un tiempo en el que disfrutábamos de la compañía de nuestros iguales fuera del recinto del colegio. Los mayores hablaban de sus cosas y nosotros de las nuestras. Sin prisa. Disfrutando de la compañía y del calor de los locales. Todo muy familiar. Todo muy saludable, al menos para la cabeza. Lo dicho, eran otros tiempos.

Con ese poso bien sedimentado ya de mayores, o casi, seguimos cultivando esa afición por reunirnos en los bares. Ya lo decía la canción de Gabinete Caligari: "Qué lugares tan gratos para conversar". Creo que en Santiago hicimos más trabajos de grupo en la cafetería que había delante de la Facultade de Xornalismo, en la Praza de Mazarelos, que en las propias instalaciones de la universidad. Horas y horas de charla, discusiones fútiles, partidas de cartas, risas e intercambio de apuntes. Un tiempo para cultivar amistades que han sobrevivido al paso de los años. Momentos que hoy se refugian en recuerdos imborrables. Casi siempre gratos y evocadores de un tiempo que nos hizo madurar como personas. Más o menos.

Fue una etapa que nos ayudó, al menos, a despertar al resto de nuestras propias vidas. Esa parte en la que ya nos hemos hecho grandes y en la que el trabajo y las obligaciones familiares devoran nuestro tiempo. Esa travesía en la que los bares siguen siendo esos lugares en los que desfogamos los sinsabores del día a día. Esos refugios en los que compartimos nuestras cosas con la gente a la apreciamos. Las buenas y las malas.

La primera ola de la pandemia nos cerró los bares durante meses. Ahora las nuevas restricciones obligan a los hosteleros a bajar de nuevo la persiana de sus locales. Lo están pasando mal. No comprenden por qué las medidas para frenar los contagios se ceban con su actividad. Dicen que son escrupulosos en el cumplimiento de las normas. Algunos han hecho inversiones importantes para garantizar la seguridad de sus clientes y de sus trabajadores. Opinan que están pagando justos por pecadores. Piden mano dura con aquellos que son negligentes y llevan a la ruina al resto del sector. También reclaman ayudas. Llegarán, seguro, pero habrá que ver cuándo y si serán suficientes. Hasta entonces, toca apretar los dientes para resistir. Ojalá que ninguno se quede en el camino.

Soy de bares. Somos de bares. Volveréis. Y nosotros volveremos.

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