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Cosas que merecen la pena

El envejecimiento y la despoblación dan forma a uno de los problemas más acuciantes de Lugo

HACE ALGUNAS semanas, en la Festa da Xuventude de Lanzós, en Vilalba, mientras le echaba un ojo a mi propia hija, que se afanaba por mantenerse en pie en una de esas atracciones hinchables que provocan la locura entre los más pequeños, se me acercaron algunos padres, antiguos compañeros de pupitre, para charlar conmigo. Querían hablarme de una iniciativa que tenían preparada para darle mayor visibilidad al trabajo que se hace en el mismo colegio en el que todos nosotros pasamos, en los años 80 y principios de los 90, el tiempo de la EGB. Ahora, los alumnos que recorren a diario los pasillos del centro, el CEIP Monseivane, son sus propios hijos. Las aulas, el comedor, la biblioteca, el patio y los espacios comunes son, salvando aquellos cambios que seguramente se produjeron en las últimas décadas, los mismos en los que nosotros llegamos a la adolescencia. Sin embargo, los tiempos han cambiado. El eco que devuelven las paredes a primera hora de la mañana ya no es aquel bullicio que provocaban casi trescientos niños entrando por la puerta principal. Hoy son muchos menos. Apenas llegan a cuarenta.

La comunidad educativa ha tomado la decisión de luchar para tratar de invertir la tendencia regresiva en la matrícula de los últimos lustros. Para ello, han pensado iniciativas con las que mostrar, a todos aquellos que quieran mirar con la mente abierta, las ventajas que ofrece la posibilidad de escolarizar a los niños en un colegio rural como el Monseivane, cuyas rutas de transporte empiezan en la propia capital municipal. Entre otras cuestiones, inciden en la calidad de una enseñanza con menos pequeños por aula y una atención "más personalizada" a las necesidades de cada alumno, pero también en el carácter comunitario de la convivencia en el centro, donde los mayores cuidan de los pequeños, trabajan en proyectos comunes y se van de excursión todos juntos, incluso con los padres. Son, como dijo su directora, "una pequeña gran familia".

Qué puedo decir. Lamentablemente, no puedo ser objetivo. Ni falta que hace. En su biblioteca devoré por primera vez la colección de Astérix. En su comedor comí como en el mejor restaurante. En su pista polideportiva destrocé las rodillas más de una vez, y con gusto. En su patio empecé a ver a las niñas de forma diferente. En sus aulas hice, básicamente, lo que pude. De ese colegio guardo alguno de mis mejores recuerdos. También amistades que conservo desde hace ya más de treinta años. Las primeras excursiones, las obras de teatro, la participación en programas de televisión y el despertar a una vida que luego se complica mucho más. Muchísimo más.

Sin duda, hay que intentarlo. Hay cosas que merecen la pena. Puede que el camino no sea fácil y que la lucha sea desigual y descorazonadora por momentos, pero todavía hay esperanza. Lo que sucede en ese colegio de la parroquia de Lanzós no es más que un síntoma de la grave enfermedad que padece lo que ahora llaman la España vaciada. El envejecimiento y despoblación de las zonas rurales es uno de los problemas más acuciantes a los que tenemos que enfrentarnos en una provincia como la de Lugo. Es una evidencia. Aldeas que antes latían de vida, hoy se van muriendo poco a poco. En algunos casos incluso de forma acelerada. Es cierto que el futuro no está escrito, pero pinta gris. Tirando a negro.

Quiero pensar, en todo caso, que todavía hay tiempo. La próxima semana el Círculo de las Artes acogerá el congreso Soluciones inteligentes contra la despoblación, que organiza El Progreso. Participará como ponente, entre otros, el sociólogo y periodista Manuel Campo Vidal, con el que tuve ocasión de hablar en días pasados. Decía que si no somos capaces de invertir la actual tendencia, el suicidio demográfico en los municipios rurales posiblemente sea "irreversible" en el plazo de una década. Hacía un diagnóstico de la enfermedad y avanzaba algunas medidas para tratar de corregir esta situación. Me quedo con una que, quizás, las resume todas. La necesidad de promover medios de vida para las personas que quieren quedarse o volver a las aldeas.

La primera condición para que la gente decida quedarse en el rural es la posibilidad de ganarse dignamente la vida. Todo lo demás, incluida la necesaria mejora de los servicios públicos, viene detrás. Mientras eso no suceda, bienvenidas sean todas aquellas iniciativas que ayuden a conservar cosas que merecen la pena. Lo que se pierde es difícil de recuperar.

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