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Abuelos

CUANDO LLEGA el verano, la cosa se complica en muchas casas. Con las vacaciones escolares se hacen más visibles los problemas con los se encuentran aquellas familias obligadas a conciliar las obligaciones laborales de los padres con el tiempo de asueto de sus retoños. No siempre es fácil encontrar una solución medianamente aceptable cuando ambos miembros de una misma pareja tienen un trabajo remunerado. Dos empleos con sus horarios, con compañeros, con jefes, con tareas pendientes y con todo eso que nos mantiene ocupados durante todo el año, generalmente muchas más horas de las que pasamos despiertos en nuestros domicilios. Casi nadie puede disfrutar de dos meses libres en pleno estío para cuidar de la sangre de su sangre. No queda otra que tirar de recursos. Arreglarse. Salir del paso como buenamente se pueda. Bien es cierto que en los tiempos de coronavirus todo es un poco más complicado y las opciones se reducen notablemente. La pandemia se ha llevado por delante algún centro lúdico y educativo que llevaba años funcionando muy bien en nuestra ciudad. Por supuesto, somos afortunados aquellos que aún podemos abusar de los abuelos. 

Ya dije en alguna ocasión que tienen el cielo ganado, pero creo honestamente que deberían recibir alguna remuneración más tangible en esta vida. Un portal de internet precisaba que un sueldo justo por cuidar de sus nietos podría superar fácilmente los dos mil euros al mes. No digo que no se lo merezcan. A fin de cuentas ejercen como cocineros, animadores, conductores, profesores particulares e incluso empleados domésticos. Más o menos lo mismo que hacemos los padres, pero con la diferencia de que ellos ya no tienen la obligación. Cumplieron en su momento, cuando nos criaron, nos educaron y nos encauzaron en la vida. Su papel debería ser otro, aunque a veces las circunstancias familiares les siguen imponiendo responsabilidades que ya no deberían recaer a peso muerto sobre sus hombros. 

Muchos se convierten durante los meses de verano en cuidadores de sus nietos a tiempo completo

En verano su concurso es fundamental. Se convierten en el comodín del que nos aprovechamos muchos padres. Sin colegio, sin actividades extraescolares y sin las rutinas diarias que ocupan parte del tiempo de nuestros hijos, la posibilidades de conciliación son realmente exiguas si ambos miembros de la pareja trabajan fuera de casa. No digamos en el caso de las familias monoparentales. A veces, cuando no residen cerca, o cuando se desplazan a otras localidades para disfrutar de las vacaciones, hacerse cargo de los nietos supone para ellos asumir una responsabilidad enorme a tiempo completo. Se ocupan de su cuidado desde la mañana hasta la mañana del día siguiente. Noche incluida. Los envidio y los compadezco por lo mismo. Por todo ese tiempo que pasan con ellos. 

Pero este es un verano distinto. Vivimos en tiempos de pandemia. Después de julio y agosto vendrán septiembre y octubre. Aunque parece que el virus nos ha dado una ligera tregua, las autoridades sanitarias insisten en la necesidad de no bajar la guardia. Si tenemos rebrotes ahora, quién sabe lo que puede suceder con la llegada del otoño. Nadie puede asegurarnos que no regresará, a lo mejor incluso con más fuerza, para volver a confinarnos a todos. Tampoco sabemos cómo será el próximo curso escolar. Son tantos los escenarios posibles que lo único seguro es la incertidumbre que provoca esta situación. 

No puedo evitar la preocupación. Si vuelven a cerrar los colegios y las escuelas infantiles, los padres tenemos que seguir trabajando y los niños tienen que volver a separarse de los abuelos, cómo van a arreglarse muchas familias. Malamente. En eso deberían estar ya pensando los que tienen el deber de tomar decisiones. No deberían perder el tiempo. Gato escaldado al agua fría escapa. Salvo que el minino sea tan ingenuo como idiota.

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