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Bel-Air

Estaba acabando de comer. Normalmente empiezo tarde y acabo muy tarde. Lo único bueno de esa circunstancia es que me ahorro la merienda. Tampoco hay que darle demasiadas vueltas al asunto. Al fin y al cabo, esa situación, que se repite todos y cada uno de los días laborables, no es fruto de una decisión personal, sino de las obligaciones que, como todo hijo de vecino, tengo que atender antes de sentarme a la mesa. Levanté la vista del plato a causa de una historia que estaban contando los compañeros del centro territorial de Televisión Española en Galicia. Dos chicas muy jóvenes, ambas universitarias, explicaban cómo se había venido abajo el falso techo del salón en el piso de estudiantes que ambas compartían en Santiago de Compostela. Las dos, creo que de Muros, relataban el tremendo susto que habían pasado y el estado deplorable en el que había quedado la vivienda a causa del polvo y de los escombros que cayeron sobre los muebles de la estancia. Afortunadamente, ninguna de ellas estaba vegetando en el sofá. 

Después de escuchar el testimonio de las dos jóvenes, el periodista explicaba, a modo de remate para la pieza, que lo sucedido había puesto el foco sobre el estado en el que se encuentran muchos de los pisos ocupados por estudiantes en la capital gallega. En realidad, salvo que la situación haya cambiado bastante en los últimos años, cosa que dudo mucho, el asunto no da para demasiado debate. De mi época universitaria recuerdo que muchas de esas viviendas estaban hechas una auténtica mierda. Otras, aunque más cuidadas, eran en realidad cuevas urbanas solo aptas para individuos que no pasasen demasiado tiempo en casa. Puede que incluso fuesen concebidas para mantener una especie de economía circular que repartía dividendos entre propietarios y negocios de toda la ciudad. Aunque la renta del universitario suele ser precaria, hay más posibilidades de que los chavales se pulan lo poco que tienen en la hostelería y en el comercio local si corren un riesgo evidente de marchitarse entre cuatro paredes. Además, los propietarios de esos inmuebles, algunos auténticos cuchitriles, tampoco perdían clientela por el estado de sus propiedades. Aprovechaban la demanda que se renueva cada año con las llegadas de nuevos estudiantes para seguir alquilándolos a precio de oro. 

El falso techo de un salón se viene abajo y pone el foco en el estado de los pisos de estudiantes

Recuerdo que mi primera vivienda como universitario era una entreplanta reconvertida en piso para alquilar. Era diminuta, demasiado pequeña para cuatro individuos, pero no estaba mal. Al menos no lo estaba por comparación. Mientras buscábamos alojamiento, vimos pisos con ventanas a la escalera del propio edificio. Otros cuyas paredes estaban en cemento. Ahora que lo pienso, a lo mejor era para que los inquilinos eligiesen el color a su gusto. Muchos no tenían vistas a la calle, ni calefacción y habían sido divididos de una forma realmente curiosa, simplemente para ganar una habitación y alquilarlos un poco más caros. Entramos en algún inmueble con un calentador eléctrico tan pequeño que apenas le daría a uno de los inquilinos para lavarse por parroquias. En cuanto a los muebles, todos eran cutres. Baratos y muy viejos. 

En el segundo piso que habitamos, la nevera hacía tanto ruido que ya la considerábamos un miembro más de aquella improvisada familia nuestra. Las cuatro ventanas que tenía daban a patios interiores. Para ganar una estancia, repartieron el espacio de una forma bastante original. Tanto mi habitación como la de uno de mis compañeros tenían dos puertas. Entiendo que estuvieron ocupadas en su momento por agentes del CNI. Eran cubiles con una vía de escape por si producían situaciones de emergencia. Digo yo. Al menos la mía daba afuera y, de cuando en vez, podía intercambiar saludos con las vecinas del piso de enfrente. Incluso darles la mano. La suya solo tenía un tragaluz que daba a la cocina. Si se ponía de pie sobre el colchón podía ver lo que se estaba cociendo justo al lado. 

Para darle vidilla, colocamos un sofá viejo en el salón y recogimos un par de figuras de cartón, de esas que se usan para promocionar las películas. Un videoclub las había dejado en plena calle para que las retirase el servicio de limpieza municipal. También logramos cubrir una pared entera del baño con los cilindros desnudos del papel higiénico que íbamos gastando. La escultura tenía su mérito. Podías apreciarla desde el trono, donde pasábamos un tiempo razonable. Las duchas, en cambio, eran rápidas. Solo el primero, como mucho el segundo, podía disfrutar de agua caliente hasta el final del aseo. Menos mal que siempre fui de madrugar. A todo esto, recuerdo que por el palacete ya pagábamos entonces, hace veinte años, alrededor de 600 euros. 

De vez en cuando, normalmente por la fiesta de A Carballeira, visitábamos a algunos amigos que estudiaban en el campus de Lugo. Alucinábamos con sus casas. Tenían ventanas a la calle, calefacción, madera en el suelo, muebles decentes y electrodomésticos que funcionaban. Algunos, incluso, habían estrenado su piso de alquiler en la zona universitaria. A veces bromeábamos a cuenta de una de las series de moda en nuestra adolescencia. Era como pasar de un suburbio de Filadelfia a una mansión en Bel-Air.

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