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Alpiste

Habrá que confiar en que la vacuna que nos toque sea eficaz y segura para nuestra salud

A finales de la década de los noventa y principios del siglo que nos ocupa, andaba suelto por Santiago. La expresión puede entenderse casi en sentido literal. Después de los años de adolescencia, bajo la atenta mirada y el control de mis padres, el traslado a Compostela para estudiar una carrera me abrió las puertas a un tipo de libertad personal inédita hasta entonces. No completa, evidentemente. A fin de cuentas, la verdadera independencia solo existe cuando uno es capaz de sobrevivir por sus propios medios. Lo demás son falsas creencias o principios a conveniencia. Si dependes del dinero de otro para comer, vestirte, no pasar frío y cultivar algunos vicios inofensivos, no existe emancipación real. Incluso la autodeterminación está sensiblemente comprometida en esos casos, demasiado condicionada para ser considerada como tal. De esa circunstancia deberían tomar nota algunos políticos que manosean con demasiada ligereza un concepto tan delicado.

A lo que íbamos, la generación del baby boom de los años 80 andaba suelta por la capital gallega. Decenas de miles de estudiantes se cruzaban a diario por las calles de la ciudad, prácticamente a todas las horas del día. Juventud, hormonas, ilusión, vitalidad, inexperiencia e incluso un poco de ingenuidad eran los componentes de aquel combustible orgánico que movía el motor de la vieja Compostela. Las noches eran realmente animadas de lunes a domingo. Ahora me pregunto cómo conseguían descansar los vecinos de determinados barrios. Creo que, en mi actual condición, como padre y trabajador que madruga, me hubiese planteado seriamente una mudanza estratégica. Por supuesto, siempre habrá quien diga que "si no puedes derrotarlos, mejor únete a ellos", pero soy de los que piensan que todo tiene su momento. Hay comportamientos que, llegados a una edad, no proceden si pensamos en el bien propio. Al menos si, como cantó Sabina, "tu película es vivir cien años". 

Nadie de mi entorno pensaba entonces en eso. No había a la venta en las farmacias "pastillas para no soñar". Los miércoles y los jueves eran realmente divertidos. Los locales estaban atestados de gente. A veces había que esperar largas colas para acceder a garitos sin mayor encanto que ser punto de encuentro con tus semejantes. En algunos momentos, apenas podías moverte y para hacerte entender por la persona que tenías al lado tenías que hablar a gritos. O eso o acercarte mucho, lo cual, en determinados contextos, también tenía su gracia.

Todos sospechábamos que en muchos de los locales que frecuentábamos nos servían sin pudor bebidas de garrafón. A la mayoría no nos importaba demasiado. Era una circunstancia más que un problema. Sin embargo, a uno de mis compañeros de piso lo molestaba sobremanera. Llegó a pedirse una copa de Felipe II a las cinco de la mañana solo por el placer de ver cómo le sacaban el precinto a la botella. Aún hoy asegura que la camarera tuvo que limpiarle "las telas de araña" al recipiente antes de servirle un brandy que ni siquiera llegó a tomarse.

Mi buen amigo también protagonizó un episodio memorable en otro local, cuando trataba de pedir una ronda. Como era incapaz de hacerse entender por el camarero, a causa del barullo y de lo alta que estaba la música, acabó por pedirle "alpiste". El otro se quedó perplejo, por lo que se vio en la obligación de repetirle la comanda. "Sí, alpiste con cola, alpiste con limón y alpiste con naranja. Qué más da. Al final sale todo de la misma garrafa". Y se quedó tan ancho. No nos echaron del establecimiento. No recuerdo que fue lo qué bebí, pero sí que volvió de la barra con tres vasos en la mano.

Ahora me pregunto qué hará cuando lo llamen para ser vacunado contra el coronavirus. Hace tiempo que no hablo con él, pero seguro que está informado de que lo ha sucedido con las fórmulas de Janssen y de AstraZeneca. Por edad podría tocarle una de esas, pero como previsiblemente aún tardarán en citarlo, a lo mejor le inoculan la de Moderna, la de Pfizer, la Sputnik V o cualquier otra. Supongo que hará como todos. No creo que nos pregunten por nuestras preferencias. Se sentará, se remangará la camisa y pondrá el brazo. No le queda otra. Alpiste.

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