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Televisión: Toma cinco

EL INCIDENTE del estreno dejó un poso fangoso entre los miembros del equipo. Todas las ilusiones y buenas palabras de las semanas previas quedaron, en un breve lapso de tiempo, reducidas a una especie de furia embotellada. Bien pensado, no era para menos. Que las dos primeras llamadas a un concurso de televisión las realicen personas anónimas para reclamar sendas deudas al presentador... Bueno, por narices tiene que dejar alguna herida, no es algo de lo que se pueda salir ileso por mucho que uno trate de negar los hechos.

Señalado como culpable por todo el equipo, y desterrado del edificio por el dueño del canal, el Jefe se pasó las siguientes horas en silencio, deambulando como un espectro por los cincuenta metros cuadrados de la oficina. Que yo sepa, apenas intercambió unas cuantas palabras con una de las telefonistas: una chica joven, alta y morena, muy guapa, de Arcade, con la que años más tarde acabaría teniendo un hijo y peleándose por la custodia del mismo en los juzgados de instrucción correspondientes. Era un hombre, todo hay que decirlo, absolutamente común dentro de su peculiaridad. A Carballa, el dueño del canal, todo aquel guirigay de las llamadas en directo lo sumió en una paranoia insana de control y destrucción. Quería matar a alguien, eso podías verlo en su mirada, pero se contenía porque la sangre no es buena para el negocio y, como dice la canción, "el show debe continuar".

LoreCada tarde, antes de entrar en el plató, me obligaba a leerle, punto por punto, una especie de guión con el saludo inicial, los chistes programados y la despedida: nada escapaba a su control, ni siquiera la cantidad de premios que estábamos dispuestos a conceder. "Esto es un trabajo serio, chaval", me decía mirando por la ventana. "Las bromitas y el cachondeo las dejas para tu casa, para tu familia. Aquí estamos para vender imagen y ganar dinero: aprovecha la oportunidad". Ahora, pasados tantos años de todo aquello, todavía me pregunto cómo llegué a creer que presentar aquel concurso- trampa podía considerarse una oportunidad de algo que no fuese acabar esposado en una comisaría. Pero era joven, yo qué sé... Quería triunfar, ser conocido, dar el salto a Antena 3 o Telecinco, ganar un TP de Oro, salir con alguna de las actrices de Compañeros y no traicionar la confianza que mis padres, por una vez en la vida, comenzaban a depositar en mí. Pero aquella oportunidad tenía su lado oscuro, su contraprestación: no solo se me negó un sueldo extra por presentar el concurso, diario y en riguroso directo, también se me instó a colaborar en la realización de otros dos programas de la cadena. Así fue como comencé a trabar cierta amistad con la gente de informativos y con Luciano, el vidente estrella de la cadena.

Cada tarde, puntual como un antibiótico suizo, lo veíamos aparecer con su deportivo rojo descapotable como si en lugar de un callejón de Marín fuese aquello Sunset Boulevard. Debía rondar los setenta años pero se vestía y actuaba como un chiquillo de veinte: el pelo teñido de amarillo pollito, el cuerpo musculado y bronceado, las gafas de sol atrevidas, la mochila de Hello Kitty... Había luces y sombras en aquel look suyo que, para bien o para mal, no dejaba a nadie indiferente. "Siéntate ahí, a ver qué dicen hoy las cartas", me indicaba antes de comenzar la emisión de su consultorio, como una especie de calentamiento. Barajaba como un crupier profesional, todo hay que decirlo, y tenía esa intuición con la que los verdaderos videntes suelen hacer fortuna, capaces de leer en tu cara todo aquello que resulta imposible descubrir en un mazo de cartas. "Ay, ay, Rafael... Lo que veo hoy aquí es que alguien muy cercano te va a traicionar", me dijo cierto día. "El programa tendrá éxito pero a ti no te van a ir bien las cosas, veo demasiada envidia y enemigos poderosos: alguien te ha echado un mal de ojo". Había que joderse... Encima de que no estaba viendo un triste duro, ahora tenía que lidiar también con asuntos esotéricos y presiones del más allá.

A los pocos días me citó el Jefe en la oficina: no le gustaba como estaba quedando el producto, el programa necesitaba de más empuje, de sabia nueva. "Te presento a Lore, la nueva copresentadora", dijo señalando a un bulto sospechoso que dormitaba sobre uno de los puestos de trabajo. Tenía un aspecto diabólico, como salida de una película de Wesley Snipes, más gótica que la catedral de Burgos. Vestía de cuero negro, se maquillaba como un cadáver con demasiado gusto por la brillantina y a todo esto sumaba una actitud vital sospechosa, siempre rayando entre la pesadumbre y la amenaza. El Jefe se marchó, para que pudiésemos charlar un raro y conocernos mejor, momento en que ella aprovechó para soltarme la primera de sus bombas: "¿Te interesaría comprar cocaína? Tengo una recién rascada del paquete". A mis temores sobre el carácter tramposo del concurso, las deudas amontonadas del Jefe, la naturaleza fraudulenta de aquel canal de televisión por cable y la furia de mi madre, ahora tenía que sumar, además, el miedo a una posible condena por tráfico de drogas. "No, gracias. Yo solo fumo y como Chupa Chups". No habíamos empezado aquella relación con el mejor pie.

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