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El oro del Faraón

DESPUÉS DE muchos años resistiendo la tentación, el pasado sábado le metí unas cuantas monedas a la máquina tragaperras. Cada apuesta tiene un coste actual de unos 20 céntimos, así que la primera inmersión en el sórdido mundo del juego tampoco me supuso una inversión excesiva: unos 80 céntimos, que es lo que le costaba un café a José Luís Rodríguez Zapatero en el año 2007. Menudo momento televisivo fue aquel, ¿lo recuerdan? Ocurrió en el ‘Tengo una pregunta para usted’, un programa cuyo desarrollo podrán ustedes intuir basándose en el título: tampoco es que tuviera mucha ciencia.

Lo que sí tenía era unos colaboradores con muy mala hostia, ciudadanos de a pie que se ofrecían voluntarios para tratar de poner en aprietos a los invitados de turno. "¿Sabe usted lo que cuesta un café en la calle? ¿Sabe usted contestarme?", le espetó un señor canoso, de camisa gris, al pobre Zapatero. El presidente, con aquella sonrisa suya de Hijo Predilecto de Gotham, contestó rápidamente que sí. "Unos 80 céntimos", dijo con una seguridad aplastante, de padrino en las bodas y cura en los entierros. "Eso era en los tiempos del abuelo Patxi", replicó el señor de gris desde la bancada para jolgorio de los presentes, los telespectadores y gran parte de la derecha mediática. Pero vayamos al asunto que nos ocupa: mi reciente coqueteo con la ludopatía.

Al criarme en un bar, conozco de sobra los peligros de esas máquinas con lucecitas que se excitan cuando sueltan el premio y te acunan mientras te roban el sueldo. Jugadores eventuales y ludópatas rasos los he conocido de todos los tipos, así que no esperan encontrar aquí una apología de las tragaperras en concreto ni del juego en general. Con estos ojitos he visto a trabajadores dejándose la nómina recién cobrada en sandías, limones y cerezas; padres que sentaban a sus hijos frente la máquina para instruirlos en su mal vicio; jóvenes con los dieciocho años recién cumplidos y sin mayores ilusiones en la vida que sacarle el premio gordo a una de estas máquinas para volver a apostarlo casi de inmediato porque, si algo les sobraba, créanme, era tiempo y dinero que malgastar. Dramitas, dramas y dramones los he conocido todos, lo que nunca me ha impedido obviar lo evidente y fijarme en los detalles.

Las máquinas, por ejemplo, han evolucionado a lo largo de los años de un modo exponencial, tanto en diseño como en posibilidades de juego y cuantía de los premios. Mis primeros recuerdos muestran una maquinita de tamaño reducido, con aquella palanca ruidosa que aportaba cierta solemnidad a cada tirada. No tenían temática, todas parecían iguales, y las combinaciones se limitaban a unas cuantas frutas y las siempre jugosas campanas: juntar tres suponía llevarse lo que todo el mundo llamaba ‘el especial’. Luego, al estilo de los pinballs y el arcade, las tragaperras comenzaron a mudar la piel. Aumentaron en tamaño, incorporan algún juego alternativo y, sobre todo, abusaban de los efectos sonoros y luminosos para trasladarte a un burdel de Las Vegas. Todas venían con una voz en off de mujer fatal que iba anunciando cosas como ‘premio’, ‘avances’ y otras emociones impostadas del juego. La función de coqueteo cumplía de tal manera su objetivo que algunos jugadores incluso las trataban con cariño, enrolados en una relación un tanto enfermiza pero al miscanmo tiempo respetable: a fin de cuentas, el corazón siente lo que el corazón siente.

Entre los jugadores y ludópatas se podían establecer diferentes divisiones o subgrupos. Estaban los que solo apostaban la vuelta del café o del tabaco. Estaba el aguililla, que sobrevolaba a los jugadores compulsivos para buscar su oportunidad con una sola moneda en cuanto estos abandonaban el puesto. Y estaban, por supuesto, los fantasmas, los que aseguraban conocer el método para vencer a la máquina y forrarse a costa de ella. Mis favoritos, si es que uno puede tener algún tipo de favorito entre semejante fauna, era el ilustrado, el docente, un tipo de jugador que iba te explicando cada jugada como si hubiese cierta lógica en aquella locura. La dependencia era tal que algunos apuraban la paciencia del tabernero hasta la madrugada, desenchufaban la máquina en cuestión, y al día siguiente eran los primeros en entrar al bar para seguir la partida donde la habían dejado.

Y pese a todo esto, como les digo, el pasado sábado me lancé a la piscina y le solté 80 centimillos —cuatro tiradas— a la dichosa tragaperras. Es un modelo supermoderno que han instalado hace poco y se llama El oro del Faraón. En la primera jugada me concedió dos cerezas y una figurita que Anubis, el dios egipcio con forma de can. En la segunda, una fruta de cada, ni siquiera recuerdo cuales. En la tercera, rocé la fortuna: dos diamantes y una ciruela. "¡Retenlos!", me gritó un ilustrado que se colgó de mi chepa desde que encaré a la máquina. Y yo, claro, retuve. La cuarta tirada, con solo un bombo girando a la búsqueda del tercer diamante, salió rana: otra cereza. "¡Boh, no tienes ni puta idea!", me dijo el ilustrado echando mano a la cartera como si fuera a extenderme una multa o, peor, a ponerme deberes. Lo que sucedió a continuación todavía me tiene pensando: he perdido cualquier pericia a la hora de calar al personal. El tipo, con una parsimonia aristocrática, extrajo una moneda de 20 céntimos del monedero, se la jugó golpeando el botón de arranque con violencia e, inmediatamente, fue a sentarse en una esquina de la barra donde lo esperaba su cerveza. ¡Tantos años de observación para terminar confundiendo a un ilustrado con un aguililla, Rafael! Un poco como lo del señor aquel que le preguntó por el precio de un café a José Luis Rodríguez Zapatero.

El oro del Faraón
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