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El penúltimo Vietnam

Ilustración de Maruxa para el blog de Rafa Cabeleira
Ilustración de Maruxa para el blog de Rafa Cabeleira

EN MADRID vuelan helicópteros durante todo el día y por todas partes: no es fácil adaptarse. A quienes nos criamos en la costa se nos disparan las alarmas del furtivismo, el narcotráfico o la lucha contra incendios en cuanto intuimos su presencia, no lo podemos evitar. Es un ruido, el de los rotores, que nos inspira temor, un poco como los cuernos del medievo o los bises de Taburete, pero aquí apenas se inmuta ya casi nadie. Están tan adaptados a las rutinas estruendosas de la gran ciudad que cualquier día los invadirán los portugueses y no se darán ni cuenta hasta que Salvador Sobral y Cristiano Ronaldo se hayan repartido las salas nobles del Palacio Real. Yo, más gato que escaldado, me sigo tapando la cabeza en cuanto los oigo zumbar porque uno tiene una cara muy común y oiga -o mire-, nunca se sabe.

Ilustración de Maruxa para el blog de Rafa CabeleiraLa jornada electoral del pasado martes amaneció con el preceptivo helicóptero sobrevolando las calles e incordiando a los dormilones. Entraba dentro de lo esperado, como la alta participación, y las colas a las puertas de los colegios electorales daban buena fe de ello. Mi naturaleza, básicamente futbolera, se puso a trabajar enseguida: urgía saber qué estaba pasando con Marcelo, el futbolista del Real Madrid al que la suerte electoral había designado como vocal de una de las mesas. "Marcelo se ha personado para cumplir con su papel en la mesa asignada. Sin embargo, una señora mayor se ha ofrecido para suplirle y viajará a Londres con el equipo", anunciaba la cuenta de Twitter de La Sexta. "Fenomenal", pensé. "Entre el actual Marcelo y una señora mayor, Zidane optará por la segunda para cubrir el flanco izquierdo”". Al final, todo quedó reducido a un error en la redacción del tuit y el brasileño se subía al avión sin que los suyos tuviesen muy claro si ganaban o perdían con el cambio.

El sol golpeaba severo hacia el mediodía. La campaña se había polarizado de un modo absolutamente ideológico, sin demasiadas propuestas concretas y apelando a la naturaleza más pasional del ciudadano. "Comunismo o libertad", decían unos. "Fascismo o democracia", replicaban los otros. Me tranquilizó ver a una señora mayor haciendo cola con un abanico en la mano y un improvisado sombrero de papel en la cabeza. Esas cosas dan sensación de normalidad: a partir de una cierta edad no vas a la guerra -aunque sea puramente virtual- dejando al azar este tipo de cosas. "¿Lleva mucho tiempo aquí?", le pregunté guardando la preceptiva distancia. "Desde el año 57, hijo". A punto estuve de explicarle que me refería a la cola pero me detuve a tiempo: hay respuestas tan redondas que solo sirven para retratar la incapacidad manifiesta del que pregunta. De vuelta a casa, pues callejear apuntala en hambre, me dejé caer por las proximidades de Génova y la música atronaba como en una verbena de verano, señal inequívoca de que los populares preparaban una de esas fiestas que hacen temblar el Misterio.

Con poco más que eso, Isabel Díaz Ayuso había sido capaz de desmontar los ataques dirigidos hacia su persona por casi todos sus rivales políticos. Desde la superioridad moral en que a menudo se empapa el discurso de la izquierda, a la lideresa de los populares intentaron ridiculizarla en lugar de combatirla así que ella, muy cortés, recogió el guante y planteó una campaña tan absurda como los argumentos esgrimidos en su contra. A Gabilondo lo ninguneó. A Iglesias lo obvió. A Mónica García la evitó dentro de lo posible y a Edmundo Bal lo pisoteó sin ningún tipo de remordimiento. Solo Vox se libró de sus caricaturas, aunque tampoco les concedió demasiadas carantoñas. ¿El resultado? Una mayoría casi absoluta, un bofetón en toda regla para quienes piensan que fascismo es todo aquello que no le regala medallas y el primer aviso para los navegantes socialdemócratas de las aguas nacionales. También para los actuales dirigentes del Partido Popular: sus dos últimas victorias llevan el sello personalísimo de Alberto Núñez Feijóo e Isabel Díaz Ayuso, no el suyo.

"Baja, que nos vamos a ver la celebración a Génova", me propuso un amigo periodista. El Manchester City de mi idolatrado Pep Guardiola iba ganando por un gol a cero en el partido de vuelta de las semifinales de la Liga de Campeones. "No me muevo del sofá aunque ataque la Luftwaffe", le dije a través del telefonillo. Madrid sería la tumba del fascismo, del comunismo, del lacón con grelos y de todo lo que ellos quieran pero a mí, con cuarenta y cinco minutos por jugarse, no me arrancaban de casa ni todos los excesos del mundo, siendo yo muy de eso. "Dejo la política y todos mis cargos", diría Pablo Iglesias minutos después: la frase que todo el madridismo esperaba escuchar en boca de Marcelo a primera hora de la mañana. Ya no se oía volar a ningún helicóptero, por cierto. Madrid, nuestro penúltimo Vietnam, por fin había caído.

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