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Un símbolo en el banquillo

El juicio de Liñares es una buena ocasión para aprender sobre nuestra sociedad
Simbolismo. XESÚS PONTE
Simbolismo. XESÚS PONTE

PACO FERNÁNDEZ Liñares es el primer lucense que se autoconfinó. Hace ya tres o cuatro años de aquello, y desde entonces se dedica esencialmente a sus pinos y a rebuscar entre viejos archivos diocesanos y entre libros amarillentos y frágiles para documentar la historia que le interesa, como la importancia del trigo a través del diezmo en alguna diócesis olvidada de la mano de dios. Creo recordar que la última vez que hablamos me contó algo acerca de la influencia del clero en la introducción de la patata en Galicia, un tema que, por lo que sea, a él le parecía interesantísimo y sobre el que estaba preparando uno de sus estudios. Es lo que tiene, supongo, haber sido un gestor de proximidad heredero del caciquismo histórico.

Liñares solo sale de su confinamiento de ola en ola, generalmente arrastrado por la subida de la curva de las noticias judiciales. Se lleva mal con las nuevas tecnologías, es un ludista no declarado, asegura que ni siquiera tiene correo electrónico y prefiere los viejos textos sobre agricultura monacal que el invernadero de mala baba de los medios digitales. No me extraña, porque tendría un ejército de haters.

Paco lo anotaba todo. Ahora lleva la cuenta de las acusaciones que se han archivado y de las piezas de la operación Pokemon que se han sobreseído según salieron del juzgado de Instrucción 1 de Lugo. Hace unos meses me dijo que ya eran más de veinte; no lo sé, yo hace tiempo que perdí el interés y la cuenta.

Mantengo intacto, sin embargo, el interés por Liñares. Es una especie de fascinación antropológica por un individuo inclasificable. En todos estos años, no me ha hecho ni un reproche sobre lo que he escrito sobre él, y eso que he escrito cosas terribles. No puedo decir lo mismo de otros insignes imputados. Después de todo lo que he oído y leído sobre él, la mayor parte en sumarios judiciales, y de las entrevistas y conversaciones que hemos mantenido, todavía no soy capaz de determinar si estoy ante un sinvergüenza descarado o ante una víctima de las circunstancias y de sí mismo. Me confieso desconcertado, no sería capaz de apostar un céntimo ni a su absolución ni a su condena en el juicio que el próximo martes comienza en la Audiencia Provincial.

No es fácil juzgar a los símbolos. Paco lo es, aunque seguro que no el que le hubiera gustado. En su expediente no consta todavía ni una sola sentencia en firme, pero es ya sinónimo de una manera de entender la sociedad y de ejercer la política: la que emana de un sistema de partidos ávidos de financiación, que es el que hace necesarios a individuos como Liñares, expertos en el intercambio de favores e ideologizados en la rapiña.

Viniendo la instrucción de quien viene, ni siquiera se puede descartar que todo se declare nulo por alguna de las acostumbradas sucesiones de irregularidades procesales que invaliden todas las pruebas. A mí, pese a todo, me gustaría que se celebrase el juicio. No por los cargos ni las penas ni los supuestos delitos, todos de un aire cutre y un perfil muy bajo, sin mayor carisma que la limpieza por la cara de unas fincas de pinos o el uso de un coche con conductor.

Quiero que se celebre para poder seguir conociendo a Liñares y sus circunstancias, para desentrañar alguna clave más de este símbolo. Para tratar de entender lo que Lugo y los lucenses fuimos en un tiempo en el que Paco nos caciqueaba con nuestro asentimiento. Porque no se puede descartar que sigamos igual, que el símbolo seamos nosotros y que Liñares solo haya sido un gran gestor de proximidad que se dejó arrastrar por su soberbia y nuestra complicidad.

Un símbolo en el banquillo
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