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Comerse las doce babas

No son buenos tiempos para nadie, tampoco para algunas tradiciones

Mi única tradición es el desorden. El caos y la improvisación como manera de ser y de estar en la vida. El resto de tradiciones se me han ido curando con los años y las carencias, a medida que he ido comprendiendo que quizás no tengamos tantas cosas de importancia que legar a las futuras generaciones como creemos. Intuyo que la tendencia a sobrevalorarse es algo común a todas las generaciones y que es más fácil venirse arriba cuando la comparación es con el pasado; por fortuna para nuestra especie, hasta ahora el futuro siempre ha resultado ser una cura de humildad. 

Ibai Llanos, vestido. EPNo son buenos tiempos para nadie, tampoco para las tradiciones. Hemos visto como muchas de aquellas que creíamos imperecederas han sido confinadas como si fueran simples costumbres, que es el primer paso hacia su desacralización, luego hacia su reinterpretación y, finalmente, hacia su sustitución. Los nuevos lo llamarán actualización, pero es solo un artificio semántico para camuflar el olvido. No hay nada que reprochar, hay tradiciones insostenibles. 

Otras no. Leo que el Ayuntamiento va a organizar este año una "cabalgata estática" de Reyes, lo que valoro como el mayor hallazgo lingüístico desde que el Gobierno de Zapatero, empeñado en negar la crisis económica que estaba arrasando el país, acuñó aquello del "crecimiento negativo". Tradicionalmente, lo más parecido a una cabalgata estática sería un tiovivo, pero vivimos tiempos de ocurrencias y reinterpretaciones. A lo mejor asistimos a un avance de la tradición futura. 

Quienes han conseguido reinterpretar otra tradición con cierto éxito intergeneracional son los de Antena 3. Con la capa de Ramón García reducida a sayo y TvE actualizando a Ana Obregón como gran dama de la nación por la vía de la tragedia personal —lo que no pudo el talento lo pudo la muerte—, Antena 3 rompe el share de las campanadas en televisión sin perder la fidelidad a la asentada costumbre del gañanismo patrio: comerse las doce babas con Cristina Pedroche. 

La Pedroche semidesnuda/semivestida, o emponderada como lo llamamos ahora, en Año Nuevo es una nueva tradición nacional heredera del destape de Susana Estrada, de los cuplés picantones de Normal Duvall o de la teta libertaria de Sabrina. 

A mí tanto me da, en casa comimos las uvas con Ibai Llanos en el Twitch, en otro paso hacia la desacralización de los ritos, y en mi opinión a la Pedroche no le sobra ni le falta nada. Solo me sorprende que en el país del Gobierno más presumiblemente progresista del mundo y del presumido Ministerio de Igualdad, los espacios con más tirón parezcan programados por Javier Ortega Smith.

Quizás el modelo podría tener alguna posibilidad mejor si se actualizara hacia un copresentador que no fuera un cocinero obeso y con mala leche vestido de maniquí de la sección de bodas de unos grandes almacenes. No sé, alguien como Miguel Ángel Silvestre marcando paquete, con una tanga y una pajarita diseñados por Vitorio y Lucchino.

Todo se andará, supongo. De momento, Cristina Pedroche es una circunstancia aupada a tradición con fecha de caducidad. No como el tradicional gañanismo colectivo, que parece que sigue gozando de una salud tan buena como para pensar en legárselo a nuestras próximas generaciones, a ver si ellas saben cómo reinterpretarlo.

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