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Chapuzas

Tener que esperar dos meses por un carpintero, un pintor o un albañil significa que algo hemos hecho mal estos años

EN UNA década tendremos problemas para encontrar profesionales de albañilería, mecánica, pintura, carpintería, fontanería, electricidad... No es un simple presagio personal, sino una previsión económica elaborada con rigor por diversas empresas y organismos que alertan sobre este desajuste en nuestro mercado laboral. Cualquiera que tenga que hacer una chapuza en casa lo ha sufrido. Y la cosa va a peor. En España en general, y en Galicia en particular, ya se espera más por un fontanero que por una operación de cadera en el Sergas, que ya es decir. Un escenario que demuestra que durante los últimos años hemos hecho algo rematadamente mal.

Aunque estas cosas casi siempre son culpa de los gobiernos, en este caso concreto se trata de una responsabilidad compartida con la sociedad. Estamos donde estamos gracias a combinación perfecta, pero nefasta, de unas familias que desprestigiaron este tipo de profesiones y unas autoridades incapaces de corregirlo. Así que como todos queríamos en casa un licenciado el sistema lo facilitó y nuestras universidades empezaron a producir oficinistas como churros. Lo malo es que a este paso no habrá ni oficinas porque no tendremos quien atornille una estantería en la pared.

FP, dos décadas de retraso

Cuando hace dos y tres décadas media Europa apostaba fuertemente por la formación profesional (FP) España la usaba como el almacén del sistema educativo al que mandar a los fracasados. Suena duro, pero era algo así. Lo explicaba a la perfección Juan Carlos Tejada cuando era responsable de formación de la CEOE. "La FP sufre el estigma del desprestigio; los padres no quieren que sus hijos la hagan y la sociedad tampoco la reconoce". Por fortuna esto ha cambiado, pero ese par de décadas de retraso en rectificar nos sigue lastrando hoy en día.

Porque aunque España duplicó en solo unos años su matrícula de FP y lavó su mala imagen social y laboral, el porcentaje de alumnos que se decantan por esta opción educativa es del 12%, muy por debajo del 26% de media de los países de la OCDE.

En Galicia también crece FP. Este curso supera con creces los 60.000 matriculados, el doble que en bachillerato, por ejemplo, con 2.000 de ellos en la FP Dual —proporciona prácticas en empresas y es el modelo con el que Alemania logró prestigiar y optimizar hace años esta formación—. También se estrenaron los nuevos másters en FP, con unos 600 matriculados.

Sin embargo, ahora que las autoridades se dan cuenta de por dónde deben ir los tiros, aunque sea con décadas de retraso, todavía hay que vencer las reticencias sociales, que siguen presentes y son más complejas; casi generacionales, se podría decir. Hay módulos formativos como el de colocadores de pizarra en Valdeorras donde las empresas se rifan a sus alumnos para trabajar y, sin embargo, son ciclos con problemas para completar su matrícula. Una realidad que se replica en el sector mar-pesca o en el agrario-forestal, donde existe una enorme demanda de mano de obra porque, precisamente, son trabajos y estudios que no parecen atractivos para el alumnado. O mejor dicho, para los padres y madres de ese alumnado.

En busca del equilibrio

Llegados a este punto es importante saber cómo actuar, porque el crecimiento de la FP no va a solucionar el problema de falta de mano de obra de determinadas profesiones que ya tenemos encima. Ni tampoco sirve de nada formar a los jóvenes en estas materias y después dejar que se marchen porque nuestra endémica precariedad laboral los expulsa a países de nuestro entorno donde el salario y el reconocimiento social son mayores. Ni tampoco engañarlos haciéndoles cree que los fontaneros, electricistas, mecánicos y albañiles son los nuevos millonarios del país, porque el dinero en España sigue estando en el fútbol, no en la llana y el esparavel. Nuestros chapuzas son autónomos que trabajan de sol a sol a los que acribillan a impuestos.

Y ojo porque tampoco hay que vaciar las universidades y volverse locos con la FP. Porque en este país somos más de impulsos que de planificación y lo que antes era malísimo ahora mola; así que puede que en un par de décadas quizás nos sobren albañiles y mecánicos y nos falte gente que sepa quien es Immanuel Kant, que en el fondo también es un problema grave.

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