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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Los trabajos útiles

Me mantienen viva los esenciales y coleando los no esenciales

ESTOS DÍAS, que son semanas en realidad porque el tiempo es ahora plastilina, he leído menos libros que nunca y más artículos que nunca. No me conviene esa dosis. Es una copa demasiado cargada: no la dejas porque ya te la has pedido, pero le harías un apaño, la calientas en la mano esperando que al fin el hielo se derrita. La pandemia ha sido trabajo, preocupación y una absoluta falta de concentración para cualquier cosa que no fueran esas dos. Al principio, quizás ahora menos, di con muchos artículos de escritores preocupados por la pertinencia de su labor, sobre el sentido de insistir en un trabajo no esencial, sobre el futuro de personal que, en ese momento, parecía servir para poco. ¿Vais a seguir necesitando este trozo de cultura que yo hago? ¿Lo vais a querer? ¿Después de desbrozaros la vida de todo lo que no es inmediatamente prescindible quedaré yo? De eso iban esos artículos.

He sufrido, y no sé por qué hablo en pasado, de una grandísima dificultad para tener una opinión, pero entonces, en esos primeros días, me parecieron razonables sus inquietudes. Supongo que las de algunos, cuyo trabajo no me llega a tocar nunca, me lo siguen pareciendo.

Leí hace poco en un periódico una lista de libros para el verano. Libros para evadirse, sumergirse en sus historias, nadar en sus páginas. Libros para refrescarse. En esos artículos se utilizan verbos y adjetivos acuáticos, evocadores del chapuzón. Es lo que toca. En invierno se tira del olor a café, del verbo acurrucarse y de la palabra mantita.

Este que leí, pese a que le conozco los andamios como si yo misma los hubiera montado, me convenció. Conmigo el marketing, también el periodístico que es el que tengo más estudiado (el único), funciona. Me dijo que me imaginase en horizontal, con tiempo por delante, un libro que atrapa y, a mano, un tazón de cerezas, de sandía o un toblerone. Lo del toblerone me descolocó un poco, me sacó de la ensoñación, la verdad, pero lo agradecí. Siempre aburre lo absolutamente previsible y un toquecito de novedad conviene. Dije sí al toblerone.

El día antes había visto La virgen de agosto, la película de Trueba en la que la protagonista pasa quince días de agosto en Madrid, yendo a primeras sesiones de cine, museos vacíos, y verbenas abarrotadas, manteniendo conversaciones enjundiosas con la gente que se cruza y pasmando en la penumbra de un piso con contras. Me abrió el apetito por un verano en la ciudad, con sobremesas en casa a la sombra y salidas estratégicas a lugares con aire acondicionado, cuando encuentras consuelo al hecho de trabajar, pese al solazo, en la certeza de que lo harás en una temperatura de catedral.

Y dos días antes había empezado la pentalogía de Los Cazalet, llena de los ingleses que me gustan. Me admira la mano de la autora para armar esa familia de familias. No a la primera, ni a la segunda, pero la tercera vez que lo abrí leí casi dos horas seguidas y no me moví de Sussex en todo ese tiempo. Eso sí que fue un sumergirse. Cuánto me había costado que me pasase.

O sea que sí. Los que me han conservado vivita son los trabajos esenciales, pero los que me tienen coleando son los no esenciales. Me dan la vida.

No es olvidar qué estaba pasando lo que necesitaba. No exactamente eso. Lo que quería era una buena escena de musical, una transición imperceptible entre una cotidianeidad cualquiera y un frenesí de baile controlado, el tren superior elegante, el tren inferior arrebatado, no saber cómo me habían llevado hasta allí. Lo que necesitaba era ser agua hirviendo que recibe la bolsa de té, colorearme con el trabajo de otros, adquirir sabor, salir de ese contacto un poco cambiada. Lo que me venía bien era ser alka seltzer, diluirme por completo en algo, chisposa. Yo también abuso de los símiles acuáticos, pero ya entendéis qué quiero decir.

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