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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

La vitrina

La conservación de la mesa y sillas en las que se sentaron Obama y Bourdain se hizo por el primero y tiene ahora más sentido por el segundo

MARUXA
MARUXA

ANTHONY BOURDAIN invitó a Obama a comer unos fideos en Hanoi y ahora el restaurante muestra en una vitrina la mesa y los taburetes en los que sentaron. Aquí se colgaría una foto y el dueño atendería a las televisiones frente a ella. La imagen sería fondo para entrevistas, un croma eterno. En Vietnam la foto les sabe a poco.

Esa conservación del mobiliario se decidió por Obama, claro, pero ahora tiene más sentido por Bourdain. Su muerte la semana pasada dejó a miles de fans devastados, como si fuera la de un familiar o un amigo queridísimo al que, por lo que sea, hacía tiempo que no veías. La vida entera, en realidad.

Yo soy una de las que le ha dado muchas vueltas a su suicidio. Generalmente entiendo que alguien se apene por la muerte de un cantante o un escritor que le gusta, alguien que no conoces aunque de su obra lo sepas todo. Es una lástima egoísta. Pierdes a quien hace lo que te gusta; o sea que, en realidad, te apenas por ti mismo. Te quedas sin su producción futura, lo que tenía aún por pensar, todo promesas.

Al mismo tiempo, algo de cariño hay. Del irracional, como tantos, porque puede la obra ser primorosa y el artista, un cretino; porque qué sabes tú de esa persona salvo lo que ha elegido mostrar o lo que ha acabado trascendiendo, da igual. Todo eso reduce y destaca detalles que parecen definitivos solo porque te llegan y el abismo de lo que desconoces te queda oculto. Qué sabes de lo que le mantiene en vela, lo que le ronda estos días o aquellos y le hace dar vueltas en la cama, levantarse arrastrando los pies, abrir la puerta de la nevera en completa oscuridad y mirar dentro como si allí estuviese la respuesta. No sabes nada.

Bourdain me cayó bien, mal y después bien otra vez. Me gustaban sus programas, su forma de viajar y comer. El año pasado leí su primer libro, unas memorias vitales, culinarias y profesionales y me pareció presuntuoso y sobrado, primero; delicado y apasionado, después. Describe de manera conmovedora cómo descubre la comida. No el alimento, sino la comida, la que se elige por el sabor, por la experiencia, por el disfrute. En su caso, las ostras en un viaje a Francia siendo un niño.

Me encantaba su expresión de reconocimiento ante un plato, cuando recibía justo lo que esperaba. También la entereza con la que se tragaba partes incomibles de animales, sucias y a medio hacer, que le ofrecía alguien para quien era el más exquisito manjar. Nunca se le ocurriría rechazar su invitación y avergonzarle. Pero lo que más me gustaba era cómo tiraba hacia restaurantes baratos, puestos en la calle y chefs de esos de tres platos, que los hacen toda la vida y los bordan; cómo le gustaba Asia y sus callejones mugrientos, donde los cocineros tienen brazo de tenista de mover un wok de hierro, y el viajero se sienta en un taburete de plástico a comer una sopa que lleva haciéndose desde la madrugada anterior.

A fuerza de pensarlo, sé por qué la noticia de su muerte me ha descolocado tanto. Bourdain era de esas personas de las que, en los perfiles de periódicos y revistas, se contaba cómo se comía la vida a bocados. Literalmente. Se hablaba de su entusiasmo, de su entrega, de cómo creía que un viaje no debe ser la recompensa por un trabajo aburrido sino educación para vivir. Con esos mimbres, era fácil convencerte de que un poco lo conocías, tan apasionado por la gente y por lo mucho que nos parecemos para lo distintos que somos. Pero qué sabías.

Lo que queda ahora sigue siendo eso, lo mismo que ya tenías. En sus libros y en sus programas aún aparece así, como si lo conocieras y no tuvieras nada triste que entender. Todavía los puedes ver con toda tu certeza intacta y ahí seguirán, como la silla y los taburetes dentro de la vitrina.

La vitrina
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